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Estudios Temáticos

EL CONOCIMIENTO DE DIOS

Crecer hasta que lo conocido gobierne nuestra vida

Texto principal: 2 Pedro 1:1–15
Contexto de desarrollo: 2 Pedro 1–3
Textos relacionados: Proverbios 2:1–6; Oseas 4:1–6; 6:1–6; Jeremías 9:23–24; 22:15–16; Juan 17:3; Filipenses 3:7–10; Efesios 1:15–23; 3:14–21; 4:11–16; Colosenses 1:9–12; 1 Juan 2:3–6

Tema central: La Escritura llama al pueblo de Dios a crecer en un conocimiento verdadero, profundo y vivido del Señor: un conocimiento que multiplica la gracia y la paz, produce piedad y fruto, forma el carácter, afirma al creyente, lo guarda del engaño y lo conduce hacia la madurez en Cristo.

Propósito: Comprender qué significa bíblicamente conocer a Dios; examinar el encargo de Pedro de crecer en ese conocimiento; descubrir su magnitud, sus bendiciones y sus alcances; reconocer los peligros de permanecer en la superficie; y aprender cómo la verdad revelada pasa del oído a una vida de comunión, confianza, obediencia, libertad, amor y perseverancia.


Introducción: el llamado es a crecer

Pedro escribe su segunda carta sabiendo que su partida se acerca:

«Sabiendo que en breve debo abandonar el cuerpo, como nuestro Señor Jesucristo me ha declarado» (2 Pedro 1:14).

Un hombre en esa situación elige cuidadosamente aquello que desea dejar encargado. Pedro abre hablando del conocimiento de Dios y del Señor; muestra lo que hemos recibido mediante ese conocimiento; explica cómo debe desarrollarse; advierte lo que sucede cuando se abandona; y termina con este llamado:

«Creced en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo» (2 Pedro 3:18).

No escribe a personas completamente ajenas a la verdad. Ellas habían recibido «una fe igualmente preciosa», conocían la verdad y estaban confirmadas en ella (1:1,12). Precisamente por eso las exhorta a continuar.

No crecemos para comenzar a conocer al Señor; crecemos porque ya lo conocemos, hasta que ese conocimiento alcance, gobierne y transforme cada vez más nuestra vida.

Este es un llamado pastoral, una exhortación, un ánimo y una advertencia. Haber comenzado a conocer no significa haber alcanzado toda la profundidad. El conocimiento de Dios no es un trofeo que guardamos para demostrar que una vez llegamos; es una realidad en la que debemos permanecer, fructificar y crecer.


1. Conocer a Dios: la profundidad bíblica de la palabra

Antes de recorrer 2 Pedro necesitamos comprender qué significa conocer en la Escritura. Si reducimos la palabra a reunir información, leeremos correctamente las frases, pero perderemos su peso.

La diferencia entre saber acerca de alguien y conocerlo

Un hombre puede decir que conoce España porque estuvo dos horas en el aeropuerto de Madrid durante una escala. Vio una parte verdadera del país, pero confunde haber tenido contacto con haber conocido. No recorrió sus caminos ni vivió dentro de aquella realidad.

Así podemos saber nombres, relatos, doctrinas y versículos acerca de Dios sin haber profundizado en su carácter, sus caminos, su voluntad y su obra. Podemos declarar que Dios es fiel y reaccionar como si pudiera fallarnos; saber que fuimos perdonados y continuar viviendo bajo condenación; afirmar que somos templo del Espíritu y vivir sin conciencia de su presencia.

El problema no siempre es ignorar la declaración bíblica. Muchas veces la conocemos, pero todavía no comprendemos su alcance ni vivimos de acuerdo con ella.

Saber puede describir. Conocer participa.

Esta distinción no desprecia el aprendizaje. Para confiar en la fidelidad de Dios necesito saber que es fiel. Para obedecer su voluntad necesito conocer lo que ha mandado. La verdad es indispensable; pero debe completar su recorrido: alcanzar el entendimiento, afirmar el corazón, gobernar la voluntad y hacerse visible en la vida.

Yādaʿ: conocer dentro de una relación vivida

El Antiguo Testamento utiliza especialmente el verbo hebreo יָדַע (yādaʿ), conocer, y el sustantivo דַּעַת (daʿat), conocimiento. Según el contexto, pueden referirse a percibir, reconocer, comprender, experimentar, aprender o tener trato personal.

Pero cuando la Escritura habla de conocer a Dios, el uso muestra una realidad mucho mayor que una definición de diccionario. Conocerlo comprende reconocimiento, relación, pertenencia, fidelidad, experiencia, confianza, obediencia y una vida correspondiente al carácter de Aquel que es conocido.

La Biblia misma abre esa profundidad:

TextoUso de conocerLo que revela
Génesis 4:1Adán «conoció» a EvaTrato personal e intimidad, no información acerca de ella
Amós 3:2«A vosotros solamente he conocido»Elección y relación de pacto; Dios no ignoraba la existencia de las demás naciones
Salmo 9:10Quienes conocen su nombre confían en ÉlConocer su carácter produce confianza
Jeremías 22:16Defender al pobre y necesitado es presentado como conocer a DiosEl conocimiento se hace visible en una conducta acorde con su justicia
Daniel 11:32El pueblo que conoce a su Dios permanece firme y actúaEl conocimiento produce fuerza, fidelidad y acción
1 Juan 2:3–4Sabemos que lo conocemos si guardamos sus mandamientosLa obediencia evidencia que el conocimiento no quedó en palabras

Cuando Dios dice a Israel «a vosotros solamente he conocido», no afirma que desconocía la existencia de Egipto, Asiria o Babilonia. Habla de una relación particular. Cuando Jeremías identifica la defensa del afligido con conocer a Dios, demuestra que ese conocimiento alcanza la manera de vivir. Cuando el salmista une conocer su nombre con confiar, muestra que el carácter conocido se convierte en fundamento de la fe.

Conocer a Dios es reconocer quién es, recibir lo que revela de sí mismo, vivir delante de Él, confiar en su carácter, caminar en su voluntad y permitir que esa relación transforme nuestra vida.

No significa que la criatura se funda con Dios perdiendo su identidad, ni que participe de su esencia como si se convirtiera en Dios. Significa comunión, pertenencia y participación en la vida que procede de Él; vivir en Dios y con Dios, bajo su voluntad y conforme a su carácter.

Oseas: el conocimiento rechazado, buscado y deseado por Dios

Oseas entrega uno de los desarrollos más completos de este tema. No presenta el conocimiento de Dios como una asignatura religiosa, sino como una realidad que sostiene la verdad, la misericordia, la fidelidad y la vida del pueblo.

El Señor comienza su acusación:

«No hay verdad, ni misericordia, ni conocimiento de Dios en la tierra» (Oseas 4:1).

Las tres realidades aparecen unidas. Cuando falta el conocimiento de Dios también desaparecen la verdad y la misericordia. Los versículos siguientes hablan de juramento, mentira, homicidio, hurto y adulterio. La ausencia de conocimiento no quedó encerrada en la mente; deformó la vida de toda la nación.

Después llega la declaración conocida:

«Mi pueblo fue destruido, porque le faltó conocimiento» (Oseas 4:6).

El resto del versículo explica la causa: «desechaste el conocimiento» y «olvidaste la ley de tu Dios». No eran víctimas inocentes de una falta de información. Rechazaron y olvidaron. El conocimiento estaba ligado a recibir la palabra de Dios, conservarla y vivir conforme a ella.

Por eso la solución aparece dos capítulos después:

«Y conoceremos, y proseguiremos en conocer al Señor» (Oseas 6:3).

No basta comenzar. Hay que proseguir. No basta una experiencia pasada, una verdad aprendida o una respuesta recibida. El conocimiento verdadero abre hambre de mayor profundidad.

Luego Dios declara:

«Porque misericordia quiero, y no sacrificio, y conocimiento de Dios más que holocaustos» (Oseas 6:6).

Aquí el contraste es decisivo. Una persona podía presentar sacrificios y continuar sin conocer al Dios que supuestamente honraba. La actividad religiosa no sustituía la misericordia, la fidelidad ni el conocimiento de Dios.

Jeremías confirma la misma profundidad. El Señor no manda gloriarse en sabiduría, fuerza o riquezas, sino «en entenderme y conocerme», y enseguida explica qué debe conocerse: Él hace misericordia, juicio y justicia en la tierra, y en esas cosas se complace (Jeremías 9:23–24). Conocerlo es reconocer su carácter, aquello que hace y aquello que ama.

Por eso Jeremías 22:15–16 puede describir al rey que defendió la causa del afligido y del necesitado y concluir: «¿No es esto conocerme a mí?». La justicia no reemplaza la relación con Dios; muestra que el conocimiento de su carácter alcanzó la forma de tratar a otros.

La Septuaginta —la antigua traducción griega del Antiguo Testamento— utiliza en Oseas 4:1 y 6:6 la expresión ἐπίγνωσις θεοῦ (epígnōsis theoû), «conocimiento de Dios». También aparece en Proverbios 2:5, donde buscar la sabiduría conduce a entender el temor del Señor y hallar el conocimiento de Dios.

Esto entrega un puente fundamental hacia el Nuevo Testamento. Epígnosis de Dios ya estaba cargada, antes de 2 Pedro, con el mundo hebreo de verdad, misericordia, fidelidad, reverencia y vida delante de Dios. La profundidad no depende solamente de dividir la palabra griega en sus partes; procede del uso que la Escritura le ha dado.

Como sucede con evangelio: decir que etimológicamente significa «buena noticia» es correcto, pero solamente su uso bíblico revela toda la grandeza de la obra del Mesías que esa noticia anuncia.

La etimología orienta; el contexto define; el uso bíblico entrega la profundidad.

Verdad y relación no compiten

No debemos oponer doctrina e intimidad. No se puede conocer verdaderamente a Dios mientras se abraza una imagen falsa de Él. La verdad revelada muestra quién es; la relación nos lleva a confiar, obedecer, amar y permanecer en Aquel que se ha dado a conocer.

Los hijos de Elí ejercían funciones sacerdotales, manipulaban sacrificios y conocían los procedimientos; sin embargo, la Escritura dice que no conocían al Señor (1 Samuel 2:12). Su cercanía a los objetos sagrados no produjo reverencia ni obediencia.

En el extremo contrario, una experiencia tampoco se autentifica a sí misma. Las impresiones, emociones o supuestas revelaciones deben ser examinadas por la Palabra. No necesitamos escoger entre un mapa verdadero y un viaje real: necesitamos la verdad que muestra el camino y la vida que camina en él.

La verdad acerca de Dios debe conducirnos a vivir con Dios.

Cómo aparece este conocimiento en 2 Pedro

Cuando Pedro habla de conocer, escribe dentro de esa historia bíblica. Utiliza varias palabras de una misma familia:

  • γινώσκω (ginōskō): conocer, llegar a conocer, reconocer o comprender.
  • γνῶσις (gnōsis): conocimiento.
  • ἐπιγινώσκω (epiginōskō): reconocer o conocer con mayor precisión, según el contexto.
  • ἐπίγνωσις (epígnōsis): conocimiento o reconocimiento; frecuentemente, conocimiento pleno o profundo.

No toda aparición española de «conocer», «conocieron» o «conocimiento» corresponde a la misma forma griega. Sin embargo, las variantes pertenecen al mismo gran asunto y deben leerse dentro del argumento de Pedro, no como temas desconectados.

La distribución en la carta es reveladora:

PasajePalabraFunción en el argumento
1:2epígnosisGracia y paz multiplicadas en el conocimiento de Dios y del Señor
1:3epígnosisTodo lo perteneciente a la vida y la piedad concedido mediante el conocimiento de Aquel que llamó
1:5–6gnōsisEl conocimiento dentro del desarrollo de la fe y el carácter
1:8epígnosisVida activa y fructífera en cuanto al conocimiento del Señor
1:20ginōskōConocer primero el origen de la palabra profética
2:20epígnosisEscape de las contaminaciones del mundo mediante el conocimiento del Señor
2:21epiginōskōHaber conocido el camino de la justicia
3:17proginōskōSaber de antemano y, por eso, guardarse
3:18gnōsisMandato final de crecer en la gracia y el conocimiento del Señor

Pedro no presenta gnosis como conocimiento inútil y epígnosis como conocimiento espiritual. Emplea ambas positivamente. Pero el lugar que ocupan permite observar un proceso: los creyentes ya fueron introducidos en el conocimiento de Dios; deben añadir conocimiento a su fe y desarrollar carácter; y esas cualidades deben abundar para que sean fructíferos en el conocimiento pleno del Señor.

El conocimiento que se añade a la fe sirve al crecimiento en el conocimiento pleno del Señor.

Conocimiento pleno no significa conocimiento exhaustivo. Ninguna criatura llega al final del Dios infinito. Significa un conocimiento verdadero, reconocido, profundo, maduro y apropiado: la verdad ya no permanece fuera de nosotros como un dato contemplado a distancia, sino que alcanza la fe, el carácter, las decisiones y la manera de vivir.

El conocimiento pleno no consiste en que nosotros lleguemos al final de Dios, sino en que la verdad de Dios alcance plenamente nuestra vida.

Esta meta aparece expresamente en Efesios 4:13: llegar a la unidad de la fe y del conocimiento pleno del Hijo de Dios, a un varón maduro, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo.

El movimiento es claro:

crecer → conocer plenamente al Hijo → alcanzar madurez → avanzar hacia la medida de la plenitud de Cristo.

La meta no es solamente explicar al Hijo, sino crecer hasta parecernos al Hijo.


2. Todo comienza con lo que Dios ya concedió

Pedro no comienza exigiendo. Antes de la primera exhortación presenta la obra y los dones de Dios. El crecimiento no parte con un creyente vacío intentando producir vida espiritual por sus fuerzas. Parte con la justicia, el poder, el llamado, las promesas y la provisión de Dios.

Una fe igualmente preciosa

«A los que habéis alcanzado, por la justicia de nuestro Dios y Salvador Jesucristo, una fe igualmente preciosa que la nuestra» (2 Pedro 1:1).

La fe de los lectores no era una versión inferior a la de los apóstoles. Pedro no establece una élite que posee fe de primera categoría y una congregación limitada a las sobras. El punto de partida no es la superioridad de Pedro, sino la generosidad y justicia de Dios.

Gracia y paz multiplicadas

«Gracia y paz os sean multiplicadas, en el conocimiento de Dios y de nuestro Señor Jesucristo» (1:2).

Pedro no desea solamente que posean gracia y paz, sino que sean multiplicadas. Y sitúa esa multiplicación en el conocimiento de Dios y del Señor.

Los años de congregarse, el paso del tiempo y la acumulación de experiencias no garantizan por sí solos una gracia y una paz abundantes. Cuando conocemos su fidelidad, encontramos razones para descansar; cuando conocemos su gracia, dejamos de intentar comprar lo que decidió regalar; cuando conocemos su santidad, dejamos de tratar el pecado como una pequeñez; cuando conocemos su amor, aprendemos a obedecer como hijos amados.

El conocimiento de Dios no añade simplemente información: ensancha nuestra capacidad de vivir dentro de su gracia y descansar en su paz.

Todo lo perteneciente a la vida y la piedad

«Como todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad nos han sido dadas por su divino poder, mediante el conocimiento de aquel que nos llamó por su gloria y excelencia» (1:3).

Cada expresión tiene peso:

  • Todas las cosas: no solamente una ayuda inicial.
  • Pertenecientes a la vida y la piedad: todo lo necesario para una vida orientada hacia Dios.
  • Nos han sido dadas: no son salario por mérito humano.
  • Por su divino poder: la fuente es la capacidad de Dios.
  • Mediante el conocimiento de Aquel que llamó: llegan dentro de la relación con quien llama.

«Todas las cosas» no promete satisfacer cada deseo imaginable. Pedro delimita la afirmación: todo lo perteneciente a la vida y a la piedad. Dios no dejó incompleta su provisión para que vivamos delante de Él.

La diligencia del creyente no intenta completar una obra defectuosa de Dios; responde a todo lo que su poder ya concedió.

Promesas, participación y escape

Pedro continúa:

«Por medio de las cuales nos ha dado preciosas y grandísimas promesas, para que por ellas llegaseis a ser participantes de la naturaleza divina, habiendo huido de la corrupción que hay en el mundo a causa de la concupiscencia» (1:4).

Las promesas son preciosas por su valor y grandísimas por su alcance. Pero no pueden separarse del que promete. Una promesa es tan confiable como quien la pronuncia. Crecer en el conocimiento de Dios fortalece la fe porque conocemos su poder para cumplir, su fidelidad para no abandonar su palabra y su sabiduría para hacerlo en el tiempo y la forma correctos.

Participar de la naturaleza divina no significa convertirse en dioses ni participar de la esencia incomunicable de Dios. Significa recibir la vida que procede de Él, ser conformados a su carácter y compartir la santidad para la cual nos llamó. Los versículos siguientes muestran cómo se hace visible: virtud, dominio propio, perseverancia, piedad, afecto fraternal y amor.

Pedro une participación y escape. Al participar de lo que procede de Dios, el creyente huye de la corrupción que domina al mundo. El conocimiento del Señor no solamente muestra una salida; introduce en una vida diferente.

Antes de pedir diligencia, entonces, Pedro ya ha presentado:

  • fe preciosa;
  • gracia y paz multiplicadas;
  • poder divino;
  • vida y piedad;
  • llamado;
  • gloria y excelencia;
  • promesas preciosas y grandísimas;
  • participación de la vida procedente de Dios;
  • escape de la corrupción.

El crecimiento comienza con lo recibido, no intentando obtener lo que Dios se negó a dar.


3. Crecer hasta producir carácter, fruto y firmeza

Después de anunciar lo concedido, Pedro exhorta:

«Vosotros también, poniendo toda diligencia por esto mismo, añadid a vuestra fe virtud; a la virtud, conocimiento; al conocimiento, dominio propio; al dominio propio, paciencia; a la paciencia, piedad; a la piedad, afecto fraternal; y al afecto fraternal, amor» (2 Pedro 1:5–7).

«Por esto mismo» une la respuesta humana con la provisión divina. Precisamente porque Dios llamó, dio promesas y concedió todo lo perteneciente a la vida y la piedad, los creyentes deben responder con toda diligencia.

La gracia no cancela la diligencia; la hace posible y le entrega dirección.

Una cadena de cualidades que deben crecer juntas

Pedro enlaza cada cualidad con la siguiente. No describe necesariamente ocho cursos cronológicos que se aprueban uno por uno. Presenta un desarrollo integral: estas realidades deben estar presentes y continuar abundando.

CualidadLo que aporta al crecimiento
FeConfianza en Dios y respuesta a su palabra
VirtudExcelencia moral y resolución para hacer lo que corresponde
ConocimientoComprensión y discernimiento de la voluntad de Dios
Dominio propioLa verdad gobernando deseos, impulsos, palabras y decisiones
PerseveranciaFidelidad que continúa bajo presión
PiedadUna vida consciente de Dios y dedicada a Él
Afecto fraternalCuidado concreto por los hermanos
AmorMadurez que busca el bien conforme al carácter de Dios

El conocimiento aparece dentro de la cadena mediante gnosis. Es necesario: la sinceridad no sustituye la comprensión. Se puede tener entusiasmo y avanzar en una dirección equivocada. Pero Pedro tampoco permite que el conocimiento permanezca aislado; inmediatamente lo une al dominio propio.

Si alguien puede explicar la verdad, pero no permite que esa verdad gobierne sus deseos, reacciones y decisiones, el conocimiento todavía no está produciendo todo su fruto.

El conocimiento que nunca llega al dominio propio puede llenar el vocabulario mientras deja intactas las cadenas.

La cadena culmina en amor. No porque las demás cualidades desaparezcan, sino porque encuentran allí una expresión madura. Pedro no enfrenta conocimiento y amor; los conecta. No enfrenta conocimiento y experiencia; exige que la verdad sea vivida mediante dominio propio, perseverancia, piedad y amor.

El conocimiento pleno vuelve a aparecer

«Porque si estas cosas están en vosotros, y abundan, no os dejarán estar ociosos ni sin fruto en cuanto al conocimiento de nuestro Señor Jesucristo» (1:8).

Aquí vuelve epígnosis. La palabra apareció antes de la cadena, en los versículos 2 y 3; ahora aparece después. El creyente fue introducido en el conocimiento de Dios, añade conocimiento dentro del desarrollo de su fe y avanza hacia una vida fructífera en el conocimiento pleno del Señor.

Las preposiciones acompañan ese movimiento:

PasajeExpresiónFunción
1:2Gracia y paz multiplicadas en el conocimientoEl ámbito donde crecen
1:3Todo concedido mediante el conocimientoEl medio relacionado con la provisión del que llamó
1:8Fructíferos en cuanto al conocimientoLa dirección en la que el carácter produce fruto

No hace falta convertir cada preposición en una doctrina independiente. Juntas muestran que el conocimiento de Dios no ocupa un rincón de la vida: allí gracia y paz se multiplican, mediante él conocemos la provisión del que llamó y hacia una vida fructífera en él se dirige el crecimiento.

Ni ociosos ni sin fruto

No basta que estas cualidades hayan aparecido alguna vez. Pedro dice que deben estar y abundar. El crecimiento no se mide solamente por una experiencia de años atrás, sino por lo que continúa desarrollándose ahora.

«Ociosos» comunica inactividad, inutilidad o falta de eficacia. «Sin fruto» señala esterilidad. El conocimiento del Señor no fue entregado para permanecer almacenado ni para llenar una agenda religiosa sin producir el carácter esperado.

Daniel 11:32 confirma el mismo principio: «el pueblo que conoce a su Dios se esforzará y actuará». El conocimiento produce firmeza y acción. Colosenses 1:9–10 lo relaciona con andar dignamente, agradar al Señor y llevar fruto en toda buena obra.

El conocimiento que Pedro busca no infla ni adorna: activa y hace fructificar.

El fruto permite reconocer si lo aprendido está completando su recorrido: una confianza creciente, reacciones gobernadas con mayor firmeza, perseverancia bajo presión, piedad más profunda, una manera santa de tratar al hermano y amor con mayor verdad.

El que carece de estas cosas

Pedro coloca al lado la dirección contraria:

«Pero el que no tiene estas cosas tiene la vista muy corta; es ciego, habiendo olvidado la purificación de sus antiguos pecados» (1:9).

No describe simplemente falta de información. Habla de alguien en quien no están las cualidades recién enumeradas y que ha olvidado una realidad recibida.

La expresión traducida «vista muy corta» puede comunicar miopía, visión reducida o cerrar los ojos. No necesitamos cargar cada detalle de la imagen para recibir la advertencia: la ausencia de crecimiento afecta la manera de ver.

Y la última declaración es contundente:

No dice que nunca fue purificado; dice que olvidó la purificación recibida.

Olvidar no siempre significa que el dato desapareció completamente de la memoria. Puede describir una verdad que dejó de ser considerada, valorada y vivida. Una persona puede repetir que fue limpiada y actuar como si aquella limpieza ya no definiera su vida.

Cuando olvidamos de dónde nos sacó Dios, también perdemos claridad acerca de cómo debemos vivir y hacia dónde nos conduce.

Hacer firme el llamado y avanzar hacia el Reino

«Por lo cual, hermanos, tanto más procurad hacer firme vuestra vocación y elección; porque haciendo estas cosas, no caeréis jamás. Porque de esta manera os será otorgada amplia y generosa entrada en el reino eterno de nuestro Señor y Salvador Jesucristo» (1:10–11).

Pedro no enseña que las obras compren el llamado. El llamado ya apareció como iniciativa de Dios. Ahora exhorta a responder de una manera que confirme, manifieste y afirme la realidad recibida.

«No caeréis» debe leerse junto a «haciendo estas cosas». Pedro describe la estabilidad de una vida que continúa diligentemente en fe, conocimiento, dominio propio, perseverancia, piedad y amor.

Además contempla una entrada rica y abundantemente provista en el Reino eterno. El conocimiento de Dios no encierra al creyente en una experiencia privada: le recuerda quién lo llamó, cómo debe caminar y hacia qué Reino se dirige.

El contraste del pasaje queda claro:

Cualidades presentes y abundantesCualidades ausentes
Actividad y frutoIneficacia y esterilidad
Visión gobernada por la verdadVisión reducida y ceguera
Memoria de la limpieza recibidaOlvido de la purificación
Llamado afirmado y firmezaExposición al tropiezo
Entrada abundantemente provistaPeligro de desviación y retroceso

Pedro no pretende aplastar a quien atraviesa debilidad. Su llamado es pastoral: permanecer detenido no es una condición segura. Quien deja de desarrollarse queda expuesto al olvido, el engaño y el regreso hacia aquello de lo que había escapado.


4. Recordar, aunque ya se sepa

Después de hablar de fruto, firmeza y entrada al Reino, Pedro declara:

«Por esto, yo no dejaré de recordaros siempre estas cosas, aunque vosotros las sepáis, y estéis confirmados en la verdad presente» (2 Pedro 1:12).

El «por esto» recoge la importancia de todo lo anterior: las cualidades que deben abundar, el peligro del olvido, la necesidad de afirmar el llamado y la promesa de firmeza.

Entonces aparece una de las frases pastorales más importantes de la carta:

«Aunque vosotros las sepáis».

Pedro no confunde saber con recordar, ni recordar con vivir. Sus lectores conocían la verdad y estaban confirmados en ella; aun así necesitaban ser despertados.

El problema no es repetir una verdad conocida. El problema es creer que, por haberla oído, ya la vivimos plenamente.

El encargo en tres tiempos

TiempoTextoAcción de Pedro
Ahora1:12Recordarles siempre
Mientras viva1:13–14Despertarlos mediante recordatorio
Después de su partida1:15Procurar que puedan tener memoria en todo momento

La carta misma forma parte de ese propósito. El testimonio escrito continúa despertando a personas que nunca vieron físicamente a Pedro.

En 3:1–2 repite la intención: despierta mediante exhortación el limpio entendimiento para que recuerden las palabras de los profetas y el mandamiento transmitido por los apóstoles.

La arquitectura espiritual de la carta puede resumirse así:

conocer → recordar → permanecer → guardarse → crecer

frente a:

olvidar → torcer → ser arrastrado → volver → caer.

Santiago 1:22–25 describe al oidor olvidadizo. Su problema no es que jamás oyó, sino que recibió una visión que no permaneció gobernando su conducta. Por eso recordar no es una tarea inferior del ministerio. Israel debía repetir las palabras de Dios a sus hijos (Deuteronomio 6:4–9); una generación debía contar sus obras a la siguiente (Salmo 78:1–8); Timoteo debía recordar las verdades recibidas a los hermanos (2 Timoteo 2:14).

Pedro no enfrenta el olvido con novedades, sino con memoria.

Este es el encargo a pastores, maestros, padres y siervos: no solamente explicar lo que el pueblo nunca oyó, sino despertar y mantener viva la verdad conocida. Una congregación puede reconocer las palabras de una enseñanza sin haber comprendido su alcance ni estar viviendo conforme a ella.

El buen maestro no busca permanentemente algo novedoso para impresionar. Procura que la verdad revelada permanezca operante y fructífera. No mide la madurez solamente por vocabulario, años o cantidad de estudios, sino también por fruto, carácter, memoria y firmeza.

La enseñanza no termina cuando el oyente puede repetir correctamente una verdad; continúa hasta que esa verdad comienza a ordenar su manera de vivir.

El fundamento del conocimiento verdadero

Después de anunciar que procurará dejar memoria permanente, Pedro explica el fundamento de lo enseñado:

«Porque no os hemos dado a conocer el poder y la venida de nuestro Señor Jesucristo siguiendo fábulas artificiosas, sino como habiendo visto con nuestros propios ojos su majestad» (1:16).

El conocimiento del que habla no nació de imaginación religiosa ni especulación privada. Descansa sobre lo que Dios hizo en la historia, el testimonio apostólico y la palabra profética.

Pedro recuerda la transfiguración: estuvo allí cuando el Hijo recibió honra y gloria y la voz procedente de la gloria confirmó su identidad (1:16–18; Mateo 17:1–8). Después dirige a la palabra profética como lámpara que alumbra en lugar oscuro y declara que los santos hombres de Dios hablaron siendo llevados por el Espíritu Santo (1:19–21).

Conocer a Dios no es construir una imagen de Él según deseos, temores o preferencias. Es recibir la luz mediante la cual Él decidió darse a conocer.

Aquí se une la oración de Efesios 1:17–18: espíritu de sabiduría y revelación en el conocimiento de Él, con los ojos del corazón iluminados. La habitación no estaba vacía; necesitaba luz. Las riquezas ya habían sido concedidas en Cristo; los creyentes necesitaban ojos alumbrados para conocerlas.

Revelación no es inventar algo nuevo acerca de Dios, sino que Dios quite el velo, alumbre nuestros ojos y nos permita comprender y vivir lo que ya reveló.

La Palabra revela a la Persona; el Espíritu alumbra; la fe recibe; la obediencia responde; la comunión profundiza; el fruto demuestra que lo conocido está actuando.


5. El conocimiento amenazado y el mandato final de crecer

El capítulo 2 explica la urgencia. Pedro anuncia falsos maestros que introducen errores destructores, explotan mediante palabras fingidas, siguen la sensualidad y hacen que el camino de la verdad sea blasfemado (2 Pedro 2:1–3).

No llegan como enemigos evidentes del conocimiento. Hablan, prometen y seducen. El problema no es ausencia de discurso espiritual, sino falsificación.

«Les prometen libertad, y son ellos mismos esclavos de corrupción» (2:19).

No toda persona que habla de libertad conoce al Dios que libera. Las palabras deben ser examinadas por su fidelidad a la revelación y por el fruto que producen.

Pedro continúa:

«Ciertamente, si habiéndose ellos escapado de las contaminaciones del mundo, por el conocimiento del Señor y Salvador Jesucristo, enredándose otra vez en ellas son vencidos, su postrer estado viene a ser peor que el primero» (2:20).

Vuelve a emplear epígnosis. Habla de escape, conocimiento, regreso, enredo y derrota. El pasaje ha producido discusiones acerca del estado exacto de estas personas, pero no necesitamos resolverlas para recibir su advertencia: Pedro se niega a tratar el conocimiento pasado como garantía de una vida presente de corrupción.

Haber tenido contacto real con la verdad, haber escapado de antiguas contaminaciones y manejar palabras correctas no convierte a nadie en inmune al engaño, al descuido ni al regreso.

Haber comenzado a conocer no elimina la necesidad de continuar creciendo.

Al final de la carta, Pedro une conocimiento previo, vigilancia y crecimiento:

«Así que vosotros, oh amados, sabiéndolo de antemano, guardaos, no sea que arrastrados por el error de los inicuos, caigáis de vuestra firmeza. Antes bien, creced en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo» (3:17–18).

Saber de antemano debe producir vigilancia. La vigilancia protege la firmeza. Pero la respuesta no termina en defenderse: «antes bien, creced».

No basta identificar cada error posible. La defensa más profunda consiste en continuar conociendo al verdadero Señor. Cuanto mejor reconocemos su voz, su carácter, sus caminos y su verdad, con mayor claridad distinguimos aquello que los contradice.

La carta comienza con gracia y conocimiento y termina con gracia y conocimiento. En 1:2 utiliza epígnosis; en 3:18, gnosis. Las palabras no son idénticas, pero el llamado permanece: conocer al Señor y crecer dentro de esa realidad.


6. La magnitud de conocer a Dios y todo lo que procede de Él

Crecer en el conocimiento de Dios no significa estudiar solamente una lista de atributos. Conocerlo abre la comprensión de su voluntad, su gracia, su amor, su gloria, sus caminos, su verdad, sus promesas, su poder y todo lo que ha hecho por nosotros en Cristo.

Estas dimensiones no compiten. Conocer su voluntad sin conocer su carácter puede convertir la obediencia en temor. Hablar de su amor sin conocer su santidad puede deformar el amor. Estudiar su poder sin conocer su sabiduría puede llevarnos a exigir que actúe conforme a nuestros deseos. Todo permanece unido en la Persona de Dios.

Conocer al Padre y al Hijo

Juan 17:3 coloca este conocimiento en el centro de la vida eterna:

«Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado».

La vida eterna no es solamente duración infinita. Es vida en relación con el Padre mediante el Hijo. Fuimos reconciliados no solamente para ser librados de una sentencia, sino para acercarnos, permanecer y conocer.

En Filipenses 3:8–10, Pablo considera pérdida todas las cosas frente a la excelencia del conocimiento de Cristo y desea conocerlo, junto con el poder de su resurrección y la participación en sus padecimientos. Pablo ya pertenecía al Señor cuando escribió. Su deseo no demuestra que nunca lo hubiera conocido, sino que una relación verdadera produce hambre de mayor profundidad.

Gálatas 4:9 añade una corrección que conserva la humildad: «conociendo a Dios, o más bien, siendo conocidos por Dios». Nuestro conocimiento nunca es el punto de partida absoluto. Lo conocemos porque Él tomó la iniciativa, se dio a conocer, llamó y nos reconoció como suyos. No somos especialistas que observan a Dios desde lejos, sino personas alcanzadas y conocidas por Él.

Conocer su voluntad, sus caminos y sus obras

Pablo ora en Colosenses 1:9–12 para que los creyentes sean llenos del conocimiento pleno de la voluntad de Dios en toda sabiduría e inteligencia espiritual. El propósito no es satisfacer curiosidad acerca del futuro, sino:

  • andar como es digno del Señor;
  • agradarlo en todo;
  • llevar fruto en toda buena obra;
  • crecer en el conocimiento de Dios;
  • ser fortalecidos para paciencia y perseverancia;
  • dar gracias al Padre.

Conocer su voluntad es aprender a vivir de una manera correspondiente a quien Él es.

El Salmo 103:7 añade una distinción preciosa: «Sus caminos notificó a Moisés, y a los hijos de Israel sus obras». Israel vio el mar abierto, el alimento, el agua y la nube. Moisés también vio esas obras, pero aprendió los caminos del Señor: su carácter, sus propósitos y su manera de conducir.

Es posible reconocer una intervención de Dios sin profundizar en el Dios que intervino. Podemos buscar su mano y no su rostro, su provisión y no su voluntad, su respuesta y no sus caminos.

Conocer sus obras despierta gratitud; conocer sus caminos forma nuestra manera de andar.

Conocer su gracia, su amor y su gloria

Colosenses 1:6 recuerda el día en que los creyentes oyeron y conocieron la gracia de Dios en verdad. La gracia no es solamente una definición acerca de favor inmerecido. Debe ser reconocida como la manera en que Dios actuó para salvar, sostener, enseñar y transformar.

Quien conoce la gracia deja de intentar comprar la aceptación de Dios, pero tampoco la convierte en permiso para continuar bajo el dominio del pecado. La gracia salva y enseña a renunciar a la impiedad (Tito 2:11–14).

Efesios 3:18–19 contiene una aparente paradoja: Pablo ora para que los creyentes comprendan las dimensiones del amor de Cristo y conozcan ese amor que excede a todo conocimiento. Puede ser conocido realmente, pero nunca agotado. Podemos vivir dentro de él, ser afirmados por él y continuar descubriendo una grandeza que supera nuestra capacidad de encerrarla en conceptos.

El resultado es ser llenos de toda la plenitud de Dios. Conocer su amor fortalece al hombre interior, arraiga, cimenta y llena.

Segunda Corintios 4:6 habla de la luz del conocimiento de la gloria de Dios en el rostro de Cristo. Conocer su gloria cambia el centro de la vida. Dejamos de interpretar todas las cosas únicamente desde nuestra comodidad, reputación o éxito y aprendemos a vivir para que Él sea reconocido.

Conocer su verdad y el misterio revelado en Cristo

El Nuevo Testamento habla repetidamente de llegar al conocimiento pleno de la verdad (1 Timoteo 2:4; 2 Timoteo 2:25; 3:7; Tito 1:1; Hebreos 10:26).

Segunda Timoteo 3:7 describe una tragedia: personas que siempre aprenden, pero nunca llegan al conocimiento pleno de la verdad. Hay movimiento exterior sin llegada. Acumulan, pero no arriban; oyen, pero no se rinden a lo oído.

Saber se acumula; conocer se profundiza.

Colosenses 2:2–3 relaciona el conocimiento pleno del misterio de Dios con Cristo, en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento.

Misterio no significa un secreto reservado para una élite. Es el propósito antes oculto y ahora dado a conocer en Cristo. El crecimiento no nos aleja del Hijo hacia supuestos conocimientos superiores; nos introduce más profundamente en las riquezas reunidas en Él.

Esto protege frente a palabras persuasivas y enseñanzas que prometen profundidad separada de Cristo (Colosenses 2:4,8). Toda sabiduría que pretende superar al Hijo termina alejándose del lugar donde Dios escondió sus tesoros.

Conocer todo el bien recibido en Cristo

Filemón 6 pide que la comunión de la fe llegue a ser eficaz en el conocimiento pleno de todo el bien que hay en los creyentes por Cristo.

Aquí vuelve la imagen de la habitación alumbrada. El conocimiento no crea las realidades que Dios concedió; permite reconocerlas, valorarlas, disfrutarlas y vivir de acuerdo con ellas.

La Escritura declara que quienes están en Cristo:

Estas realidades no se vuelven verdaderas cuando las comprendemos. Son verdaderas por la obra de Dios. Sin embargo, si no las vemos, podemos vivir como pobres teniendo herencia, como esclavos habiendo sido libertados, como abandonados siendo templo de su Espíritu o como personas mantenidas a distancia teniendo entrada al Padre.

La falta de conocimiento no vacía la habitación; nos hace vivir como si estuviera vacía. La luz no introduce lo que Dios concedió: permite verlo, recibirlo y vivir dentro de esa realidad.

La magnitud puede contemplarse en conjunto:

DimensiónTexto principalAlcance en la vida
Conocimiento de Dios y del Señor2 Pedro 1:2–3Gracia, paz, vida y piedad
Conocimiento del HijoEfesios 4:13Unidad, madurez y plenitud
Conocimiento de su voluntadColosenses 1:9–10Andar digno, agradar y llevar fruto
Conocimiento de su graciaColosenses 1:6; Tito 2:11–14Gratitud, libertad del mérito y vida sobria
Conocimiento de su amorEfesios 3:18–19Fortaleza interior, raíces firmes y plenitud
Conocimiento de su gloria2 Corintios 4:6Luz en el corazón y vida centrada en Dios
Conocimiento de sus caminosSalmo 103:7Discernimiento de su carácter y manera de obrar
Conocimiento de la verdad1 Timoteo 2:4; Tito 1:1Salvación y piedad
Conocimiento del poder de su resurrecciónFilipenses 3:10Vida nueva, perseverancia y comunión con Cristo
Conocimiento de sus promesas2 Pedro 1:4Participación y escape de la corrupción
Conocimiento de todo bien recibidoFilemón 6Comunión de la fe activa y eficaz
Conocimiento del misterio, CristoColosenses 2:2–3Certidumbre, sabiduría y estabilidad frente al engaño

7. Bendiciones, frutos y aquello de lo que nos libra

El conocimiento de Dios alcanza la vida entera. No solamente concede algo; también nos libra de aquello que la ignorancia, el rechazo y el olvido permiten dominar.

Vida, confianza, libertad y esperanza

Juan 17:3 relaciona conocer al Padre y al Hijo con la vida eterna. El Salmo 9:10 declara que quienes conocen el nombre del Señor confían en Él. Juan 8:31–32 une permanecer en la palabra, conocer la verdad y ser libres. Efesios 1:17–19 relaciona el conocimiento de Dios con ojos iluminados para conocer la esperanza del llamado, las riquezas de la herencia y la grandeza de su poder.

La confianza no se produce ordenándonos sentir seguridad. Crece al contemplar quién es Dios, recordar sus obras y reconocer su fidelidad. La libertad no nace de repetir una frase, sino de permanecer en la palabra hasta que la verdad desenmascare las mentiras que sostenían la esclavitud. La esperanza deja de ser un deseo incierto cuando descansa en la Persona que llama.

Fruto, discernimiento, obediencia y amor

Pedro une las cualidades abundantes con fruto en el conocimiento del Señor. Colosenses relaciona el conocimiento de la voluntad con fruto en toda buena obra. Filipenses 1:9–10 une amor, conocimiento pleno y discernimiento para aprobar lo mejor.

Primera Juan 2:3 declara que sabemos que lo conocemos si guardamos sus mandamientos. Juan no enseña salvación por obras; presenta la obediencia como evidencia de que el conocimiento es real. Primera Juan 4:7–8 también relaciona conocer a Dios con amar, porque Dios es amor.

El fruto no compra el conocimiento; lo manifiesta. El árbol vivo produce conforme a la vida que recibe.

Madurez y estabilidad

Efesios 4:11–16 muestra que el conocimiento del Hijo está ligado a la madurez del Cuerpo. El resultado contrario es permanecer como niños fluctuantes, llevados por todo viento de enseñanza.

La estabilidad no significa volverse incapaz de escuchar o corregir. Significa estar tan arraigado en Cristo que no seamos transportados por cada voz convincente.

Destrucción y cautiverio

Oseas 4:6 vincula destrucción con conocimiento rechazado y ley olvidada. Isaías 5:12–13 declara que el pueblo fue llevado cautivo por falta de conocimiento y explica que no miró la obra del Señor ni consideró la obra de sus manos.

Oseas habla de destrucción; Isaías, de cautiverio. Lo contrario no es coleccionar curiosidades religiosas, sino recibir, recordar y vivir el conocimiento de Dios.

No conocer a Dios no es una carencia pequeña: afecta la libertad, la dirección y la vida del pueblo.

Imágenes falsas, condenación y engaño

Muchas luchas se alimentan de una imagen torcida de Dios. Algunos lo imaginan indiferente, imprevisible, dispuesto a abandonar o incapaz de perdonar. Conocerlo mediante su revelación derriba esos ídolos mentales. No adaptamos a Dios a nuestros deseos; permitimos que su Palabra corrija nuestras deformaciones.

El creyente puede saber que no hay condenación para quienes están en Cristo y continuar viviendo como si la sentencia siguiera pendiente. Crecer en el conocimiento de la gracia, la justificación y la obra del Hijo permite responder a la acusación desde lo que Dios declaró (Romanos 8:1,31–34).

Segunda Pedro 2 y 3 añade el peligro del engaño. La protección no consiste en conocer todos los errores imaginables, sino en conocer al verdadero Señor y permanecer en la palabra profética y apostólica.

Esterilidad, olvido y regreso a la corrupción

Segunda Pedro 1:8–9 contrapone fruto con esterilidad, visión con ceguera y memoria con olvido. Las promesas permiten participar de lo que procede de Dios y escapar de la corrupción (1:4); 2:20 advierte acerca del regreso y el enredo.

Crecer conserva delante de nosotros tanto la gracia de la que venimos como el Reino hacia el cual avanzamos.

Arrogancia y aprendizaje sin llegada

Primera Corintios 8 advierte que el conocimiento puede envanecer, mientras el amor edifica. Recordar que somos conocidos por Dios, que todo fue concedido por su poder y que el amor es la meta nos libra de utilizar la verdad para sentirnos superiores.

Segunda Timoteo 3:7 muestra el peligro opuesto a la ignorancia: aprender siempre sin llegar al conocimiento pleno de la verdad. El estudio puede convertirse en movimiento sin destino.

No estudiamos para poder decir que sabemos más; estudiamos para conocer mejor al Señor, discernir su voluntad y andar de una manera digna de Él.

El alcance completo puede resumirse así:

Crecer en su conocimiento produceCrecer en su conocimiento nos libra de
Vida y piedadCaminos que terminan en destrucción
Gracia y paz multiplicadasEsclavitud y cautiverio
Confianza y esperanzaImágenes falsas de Dios
Libertad en la verdadCondenación contraria a su obra
Fruto y servicio eficazEsterilidad espiritual
DiscernimientoEngaño y enseñanzas torcidas
Obediencia y amorConocimiento arrogante y sin fruto
Madurez y estabilidadNiñez fluctuante
Memoria de la limpiezaCeguera y olvido
Participación en la vida de DiosCorrupción y regreso a antiguas cadenas

8. Cómo crecer en el conocimiento de Dios

No existe una técnica instantánea para conocer profundamente a una persona. La relación requiere presencia, escucha, respuesta, memoria y continuidad. La Escritura presenta medios inseparables mediante los cuales crecemos.

Atender a la Palabra y pedir ojos iluminados

Pedro dirige a la palabra profética como lámpara en lugar oscuro (2 Pedro 1:19). Dios se da a conocer mediante lo que ha hablado y mediante el Hijo a quien la Escritura anuncia.

Leer no debe reducirse a completar una cantidad diaria. Debemos observar, relacionar, recordar y permitir que la Palabra examine nuestras suposiciones. El objetivo no es solamente terminar un capítulo, sino reconocer qué revela acerca de Dios, de sus caminos, de su voluntad y de nuestra respuesta.

Pablo ora para que Dios dé espíritu de sabiduría y revelación en el conocimiento de Él y alumbre los ojos del corazón (Efesios 1:17–18). El estudio necesita oración, no porque la oración reemplace la lectura cuidadosa, sino porque dependemos de Dios para comprender, recibir y vivir aquello que leemos.

La luz no crea los objetos dentro de la habitación; permite ver lo que ya estaba allí. El Espíritu no necesita inventar nuevas bendiciones: abre nuestros ojos para reconocer la magnitud de lo que Dios reveló y concedió en Cristo.

Proseguir, obedecer y recordar

Oseas dice «proseguiremos en conocer»; Pedro ordena «creced». La profundidad requiere continuidad. No se alcanza mediante un momento emocional aislado ni se conserva automáticamente por una experiencia pasada.

Primera Juan relaciona conocerlo con guardar sus mandamientos. La obediencia no compra mayor revelación, pero dispone la vida de acuerdo con la verdad recibida. No podemos pedir conocer más profundamente la voluntad de Dios mientras rechazamos persistentemente aquello que ya comprendimos.

Pedro insiste en recordar. La memoria bíblica es activa: trae la obra de Dios al presente de la decisión. Cuando recordamos quién es, lo que hizo y aquello de lo que nos limpió, interpretamos de otra manera lo que atravesamos.

Permanecer en el Hijo y crecer dentro del Cuerpo

El Señor llama a permanecer en Él, en su palabra y en su amor (Juan 15:1–10). La rama no visita ocasionalmente la vid; recibe de ella su vida.

Efesios 4 muestra que el conocimiento del Hijo y la madurez se desarrollan dentro del Cuerpo, mediante los dones que equipan a los santos y mediante cada miembro que aporta conforme a su función.

El aislamiento puede hacernos confundir nuestra impresión con la totalidad. Dios utiliza maestros, pastores, hermanos, corrección, servicio y comunión para ensanchar la comprensión y formar el carácter.

Practicar el amor y caminar en humildad

El conocimiento pleno no puede separarse del amor. Servir, perdonar, soportar, corregir con mansedumbre y buscar el bien del hermano convierten la verdad en práctica visible.

Proverbios presenta el temor del Señor como principio del conocimiento. La reverencia reconoce que Dios es Dios y nosotros no. Nos vuelve enseñables y corrige la autosuficiencia.

Quien cree haber llegado deja de buscar. Quien contempla la grandeza de Dios comprende que siempre hay mayor profundidad.

Conocerlo también en medio de la prueba

Las pruebas no producen automáticamente conocimiento. Algunas personas sufren y se endurecen. Pero cuando la prueba se atraviesa delante de Dios, su Palabra y su presencia permiten experimentar aspectos de su fidelidad, consuelo, poder y suficiencia que antes conocíamos principalmente como declaraciones.

Job había oído y después declaró haber visto de una manera más profunda (Job 42:5). Pablo conoció la suficiencia de la gracia en medio de su debilidad (2 Corintios 12:7–10).

La prueba no cambia quién es Dios. Puede convertirse en el lugar donde aprendemos a vivir apoyados en aquello que ya sabíamos acerca de Él.


Conclusión: conozcamos y prosigamos en conocer

Pedro escribe a personas que conocen la verdad y están confirmadas en ella. No les dice que su comienzo fue inútil ni les manda abandonar lo recibido para buscar una novedad. Los despierta para recordar, practicar, abundar y crecer.

El peligro de la superficie es producir una sensación prematura de llegada. Quien pasó por un aeropuerto puede decir que conoce el país; quien aprendió algunas declaraciones puede creer que terminó de conocer al Dios infinito.

Pero la Escritura vuelve a llamarnos:

«Conozcamos, y prosigamos en conocer al Señor» (Oseas 6:3).

«Creced en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo» (2 Pedro 3:18).

Pedro no termina diciendo simplemente «conozcan», como si sus lectores fueran completamente ajenos al Señor. Dice «creced». El verbo reconoce un comienzo verdadero y, al mismo tiempo, rechaza toda conformidad con la superficie.

Crecer en su conocimiento es vital porque allí gracia y paz se multiplican; mediante ese conocimiento recibimos lo perteneciente a la vida y la piedad; sus promesas nos permiten participar de la vida que procede de Él; el carácter se desarrolla; el servicio produce fruto; el llamado se afirma; la visión permanece clara; la memoria se conserva; el engaño se reconoce; la confianza se fortalece; la obediencia se hace concreta; el amor madura y la esperanza se ilumina.

También es vital por aquello de lo que nos libra: destrucción, cautiverio, imágenes falsas de Dios, condenación, esterilidad, niñez fluctuante, olvido, corrupción, engaño, arrogancia y aprendizaje sin llegada.

La meta no es hablar durante horas acerca de Dios mientras vivimos lejos de la realidad descrita. Es conocer al Padre que llamó, al Hijo en quien se reveló y al Espíritu que alumbra y habita; conocer su voluntad, su gracia, su amor, su verdad, su gloria, sus caminos, sus promesas y su poder; recordar la purificación recibida; comprender todo el bien concedido en Cristo; participar de la vida que procede de Dios; escapar de la corrupción; madurar en amor y esperar su Reino.

No es una asignatura más dentro de la vida cristiana. Es la realidad que sostiene y orienta todas las demás.

Crecer en el conocimiento de Dios no es viajar cada vez más lejos en la especulación, sino habitar cada vez más profundamente lo que Dios ya reveló.

No basta haber comenzado a conocer. Prosigamos hasta que lo conocido gobierne la mente, afirme el corazón, dirija la voluntad, transforme el carácter y se haga visible en nuestra manera de vivir.

El conocimiento pleno no consiste en que nosotros lleguemos al final de Dios, sino en que la verdad de Dios alcance plenamente nuestra vida.


Preguntas para reflexión, estudio y aplicación

  1. ¿Qué diferencia existe entre poseer información correcta acerca de Dios y vivir conociéndolo verdaderamente?
  2. ¿En qué áreas afirmo una verdad bíblica, pero todavía reacciono como si esa verdad no fuera cierta?
  3. ¿Qué añade el uso bíblico de yādaʿ a una definición meramente intelectual de conocer?
  4. ¿Qué relación establece Oseas 4:1 entre verdad, misericordia y conocimiento de Dios?
  5. ¿Por qué el pueblo de Oseas no era simplemente ignorante, sino responsable de desechar y olvidar el conocimiento?
  6. ¿Qué enseña Oseas 6:6 acerca de una actividad religiosa separada de la misericordia y del conocimiento de Dios?
  7. ¿Qué revela 2 Pedro 1:1–4 acerca de lo que Dios hizo antes de pedir nuestra diligencia?
  8. ¿Por qué Pedro relaciona la multiplicación de gracia y paz con el conocimiento de Dios y del Señor?
  9. ¿Qué significa que Dios haya concedido todo lo perteneciente a la vida y la piedad? ¿Qué no significa?
  10. ¿Cómo fortalecen las promesas nuestra confianza cuando conocemos el carácter de quien las pronunció?
  11. ¿De qué manera la participación de la naturaleza divina se hace visible en 2 Pedro 1:5–7?
  12. ¿Por qué el conocimiento aparece unido al dominio propio, la perseverancia, la piedad y el amor?
  13. ¿Qué fruto concreto ha producido recientemente una verdad que aprendí acerca de Dios?
  14. ¿Qué olvidó la persona descrita en 2 Pedro 1:9? ¿Cómo puede una verdad conocida dejar de gobernar sin desaparecer totalmente de la memoria?
  15. ¿Por qué Pedro considera necesario recordar las mismas verdades a personas que ya las saben y están confirmadas en ellas?
  16. ¿Qué responsabilidad entrega 2 Pedro 1:12–15 a pastores, maestros, padres y creyentes maduros?
  17. ¿Cómo distingue 2 Pedro 1:16–21 el conocimiento verdadero de las fábulas y experiencias no sometidas a la revelación de Dios?
  18. ¿Qué características de los falsos maestros de 2 Pedro 2 revelan un conocimiento religioso que no corresponde con la vida?
  19. ¿Qué relación existe entre «sabiéndolo de antemano», «guardaos» y «creced» en 2 Pedro 3:17–18?
  20. ¿Estoy más interesado en las obras que Dios puede hacer por mí o también en conocer sus caminos y su carácter?
  21. ¿Qué dimensión necesito conocer con mayor profundidad: su voluntad, su gracia, su amor, su verdad, su gloria, sus caminos, sus promesas o su poder?
  22. ¿Qué realidad recibida en Cristo conozco como doctrina, pero todavía no disfruto ni vivo plenamente?
  23. ¿Cómo puedo distinguir entre conocimiento que edifica y conocimiento que envanece?
  24. ¿En qué sentido alguien puede estar siempre aprendiendo sin llegar al conocimiento pleno de la verdad?
  25. ¿Qué lugar ocupan la Palabra, la oración, la obediencia, la memoria, la comunión y el Cuerpo de Cristo en mi crecimiento actual?
  26. ¿Qué paso concreto debo dar para no permanecer en la superficie?
  27. ¿Qué significaría para mí proseguir en conocer al Señor durante los próximos días?

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