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En Contexto

LA IGNORANCIA BÍBLICA DELIBERADA

Cuando escogemos ignorar lo que Dios ha dicho

Es verdad que nunca lo sabremos todo. Siempre habrá asuntos que ignoramos porque aun no los hemos leído o estudiado, pasajes que todavía no comprendamos del todo y preguntas cuyas respuestas tendremos que seguir buscando.

Tampoco estamos diciendo que una persona es ignorante porque no conoce todas las historias bíblicas, no recuerda cuál es el capítulo más largo, desconoce cuántos capítulos tiene cada libro o no sabe cómo se llamaba cada gigante mencionado en las Escrituras. La madurez espiritual no se mide mediante concursos de memoria bíblica ni tiene que ver con que alguien se sepa la biblia de memoria .

El problema que examinaremos hoy es mucho más profundo y serio: la ignorancia bíblica deliberada. Es la ignorancia que no nace de la incapacidad, sino de la decisión; no de la falta de oportunidad, sino de no querer acercarse a la fuente; no de una pregunta todavía no resuelta, sino de la resistencia a escuchar una respuesta que podría corregirnos. Esta ignorancia deliberada es peligrosa.

Por eso debemos decirlo con claridad:

La ignorancia bíblica es fatal cuando escogemos permanecer en ella.

¿Por qué? Porque nos hace creer cosas que Dios no ha dicho, decir cosas que Él no ha enseñado y hacer cosas que Él no ha mandado. Nos deja expuestos al error, al engaño, a la manipulación y a nuestras propias inclinaciones. Y lo más grave es que puede presentarse bajo una apariencia religiosa: una persona puede tener una Biblia, escuchar predicaciones, repetir doctrinas y, aun así, resistirse a conocer lo que Dios realmente ha dicho.

No toda ignorancia es igual

Antes de avanzar debemos hacer una distinción necesaria. No es lo mismo no saber todavía que no querer saber. No es igual carecer de una oportunidad que rechazarla. Tampoco es igual leer un pasaje y no comprenderlo que negarse a examinarlo porque podría contradecir una tradición o una decisión personal.

SituaciónQué ocurreQué necesita
Ignorancia involuntariaLa persona todavía no tuvo acceso, oportunidad o capacidad para aprenderEnseñanza, paciencia y acompañamiento
Ignorancia remediableLa persona desconoce algo, pero está dispuesta a aprenderLectura, explicación y práctica
Ignorancia negligentePodría buscar y comprobar, pero posterga por comodidad o perezaDespertar, disciplina y responsabilidad
Ignorancia deliberadaLa persona evita, desecha o resiste la verdad porque no quiere someterse a ellaArrepentimiento, humildad y regreso a la Palabra

La ignorancia involuntaria despierta compasión y demanda enseñanza. La ignorancia deliberada necesita ser confrontada porque se esconde detrás de excusas. Una dice: «Todavía no lo entiendo; ayúdame». La otra afirma: «No quiero saberlo, porque no estoy dispuesto a cambiar».

El tema de hoy apunta a esa ignorancia que, en muchos casos, existe por poner toda la confianza en otros y por no ir personalmente a la fuente. Es la comodidad y la pereza de conformarse con mediadores humanos: «Que otro lea, que otro examine, que otro piense y después me diga qué debo creer».

«Ve tú y luego nos cuentas»

Siglos atrás, el pueblo de Israel le dijo a Moisés: «Habla tú con nosotros, y nosotros oiremos; pero no hable Dios con nosotros» (Éxodo 20:19). Aquel pedido surgió del temor provocado por lo que presenciaron en el Sinaí, y Moisés cumplía una función legítima dentro del pacto. No debemos torcer ese contexto ni presentar su mediación como si hubiera sido una invención humana.

Sin embargo, la frase retrata una tendencia que todavía aparece entre nosotros: preferir que otro se acerque, escuche y después nos cuente. El problema no es recibir enseñanza de un pastor o maestro; Dios dio maestros para edificar a su pueblo. El problema comienza cuando el maestro deja de equiparnos para acercarnos a las Escrituras y termina reemplazándolas; o cuando nosotros usamos al maestro como excusa para no leer, no comprobar y no crecer.

Hoy contamos con acceso a las Escrituras, con la obra del Espíritu Santo y con entrada libre a la presencia de Dios por medio de Cristo (Hebreos 4:16; 10:19–22). Por tanto, ningún maestro debe ocupar el lugar que corresponde al Señor, y ningún creyente debe conformarse con vivir únicamente de lo que otro estudió.

El maestro sirve a la comprensión; no reemplaza la responsabilidad del creyente. El pastor alimenta y equipa; no se convierte en dueño de la conciencia. Y el creyente escucha con humildad, pero también examina con responsabilidad.

Los bereanos recibieron la palabra con solicitud y examinaban cada día las Escrituras para comprobar si las cosas eran así (Hechos 17:11). No rechazaron a quien enseñaba, pero tampoco renunciaron a comprobar. Ese es el equilibrio: recibir con humildad y examinar con diligencia.

Siempre debemos estar creciendo: creciendo en gracia, en fe, en el conocimiento de Dios, en amor y en la Palabra, hasta llegar a la medida de la estatura de Cristo. Para ello, ya es tiempo de dejar la pereza y la mala costumbre de depender completamente de otros. Debemos volver a las Escrituras para conocerlo a Él, conocer su voluntad y dejar de ignorar asuntos que son relevantes, profundos y vitales.

El reclamo de Dios no era que memorizaran más datos

Un reclamo de Dios que atraviesa lo que conocemos como Antiguo Testamento aparece claramente en Oseas:

Oseas 6:6: «Porque misericordia quiero, y no sacrificio, y conocimiento de Dios más que holocaustos».

Dios no estaba rechazando los sacrificios que Él mismo había ordenado. Estaba denunciando una religión que conservaba el rito mientras abandonaba la misericordia, la fidelidad y el conocimiento de Él. El pueblo quería mantener su sistema religioso sin permitir que Dios gobernara su vida.

Era como responder: «Déjanos con nuestros sacrificios, nuestras costumbres y nuestras propias ideas acerca de ti; no nos pidas conocerte ni vivir de acuerdo con tu carácter».

¿Puede alguien realizar actividades religiosas e ignorar a Dios al mismo tiempo? Oseas demuestra que sí. Se puede conservar la forma y perder la realidad; ofrecer sacrificios sin misericordia; hablar de Dios sin querer conocerlo; defender una tradición mientras se rechaza su voluntad.

Antes, el Señor ya había explicado por qué el pueblo había sido destruido:

Oseas 4:6: «Mi pueblo fue destruido, porque le faltó conocimiento. Por cuanto desechaste el conocimiento, yo te echaré del sacerdocio; y porque olvidaste la ley de tu Dios, también yo me olvidaré de tus hijos».

Este pasaje suele citarse como si hablara de cualquier tipo de educación. Pero el propio versículo explica a qué conocimiento se refiere: «desechaste el conocimiento» y «olvidaste la ley de tu Dios». No era una simple falta de información ni la ausencia de formación académica. Habían rechazado el conocimiento de Dios revelado en su Palabra.

Observe los verbos: desechar y olvidar. El conocimiento estuvo delante de ellos, pero fue despreciado. La ley había sido dada, pero decidieron vivir como si no existiera. Por eso la ignorancia descrita allí era responsable y culpable: no podían alegar que Dios nunca había hablado.

Ignorar su ley, ignorar su Palabra e ignorar su voluntad es ignorarlo a Él.

Isaías presenta la misma gravedad:

Isaías 5:13: «Por tanto, mi pueblo fue llevado cautivo, porque no tuvo conocimiento; y su gloria pereció de hambre, y su multitud se secó de sed».

La ignorancia no permaneció encerrada en la mente. Produjo decisiones, conductas y consecuencias. El pueblo no reconoció lo que Dios estaba haciendo ni atendió a sus advertencias, y terminó viviendo lo que la Palabra había anunciado.

Esa es la gravedad de la ignorancia bíblica deliberada: ignorar a Dios sin medir las consecuencias, escoger nuestra voluntad por encima de la suya y actuar como si su voz no tuviera autoridad sobre nosotros. Es una forma solapada de rechazo.

Saber datos bíblicos no es lo mismo que conocer a Dios

En su sentido básico, ignorar significa desconocer o no conocer algo. Sin embargo, cuando las Escrituras llaman a crecer en el conocimiento de Dios, no están hablando solamente de acumular información.

El conocimiento doctrinal, histórico y lingüístico puede ser útil y necesario. Pero podemos aprender nombres, fechas, mapas y palabras originales sin crecer en comunión, obediencia, confianza, amor y semejanza al Señor. Podemos saber mucho acerca de Dios y conocerlo muy poco.

Conocerlo implica acercarnos a Él, reconocer su carácter, creer lo que ha dicho, vivir bajo su voluntad y permitir que su verdad transforme nuestras decisiones. Por eso crecer en el conocimiento de Dios incluye conocer:

  • Su voluntad.
  • Su carácter y sus caminos.
  • Lo que ha hecho por nosotros en Cristo.
  • Lo que nos ha concedido.
  • Sus promesas.
  • Cómo debemos vivir delante de Él.
  • Cómo andar en este mundo.
  • Cómo amar y perdonar.
  • Cómo ejercer la fe.
  • Cómo enseñar y servir.
  • Cómo criar a nuestros hijos.
  • Cómo vivir como esposos y familias.
  • Cómo discernir el error.
  • Cómo permanecer libres de aquello de lo cual Él nos rescató.

Para comenzar a conocer estas cosas no se requiere una licenciatura. Se necesita acercarse a Dios de corazón y acercarse a las Escrituras deseando conocerlo a Él y conocer su voluntad.

Pero aquí aparece la pregunta inevitable: ¿dónde está el problema?

El problema no es solamente que la Biblia esté cerrada

Uno de los problemas es la gran cantidad de mitos y mentiras que circulan acerca del estudio de la Biblia. Quizás usted ha escuchado frases como estas:

  • «Leer mucho la Biblia te volverá loco».
  • «Mientras más conozcas, más responsable serás; por eso es mejor no leer demasiado».
  • «La letra mata», utilizando fuera de contexto una expresión de Pablo.
  • «No necesitas leer; para eso está el sermón del domingo o del sábado».
  • «No preguntes ni examines; solamente obedece lo que enseña el líder».

Cada una de estas frases busca convertir la ignorancia en una virtud o la dependencia en una señal de fidelidad. Pero la Escritura nunca elogia al que rehúsa escuchar. El problema no es conocer la Palabra, sino conocerla sin creerla, hablar de ella sin obedecerla o utilizarla sin amor.

También existe una lucha con nuestras propias creencias, filosofías y deseos. Aunque Dios diga que debemos perdonar, algunos prefieren responder: «Dios perdona, pero yo no». La Escritura manda amar y orar por nuestros enemigos; sin embargo, las frases que terminan gobernando son: «El que me la hace, me la paga», «si me hace una, yo le hago dos» o «de vaca, vaca y media».

¿Dónde queda entonces lo que Dios ha dicho? ¿Quién gobierna realmente: la Palabra o nuestra reacción? Podemos afirmar que creemos en la Biblia y, al mismo tiempo, ignorarla cuando toca aquello que no queremos entregar.

Otro problema aparece cuando lo enseñado por una denominación, un pastor, un apóstol o un encargado se antepone a la verdad. Algunas enseñanzas han sido sostenidas durante siglos y, precisamente por eso, nadie se atreve a examinarlas. Se defienden a muerte antes de volver al texto.

Mientras tanto, Dios nos llama a acercarnos a su Palabra para mostrarnos su voluntad, alumbrar aquello que no vemos, corregir lo que entendimos mal y darnos sabiduría para que nuestra vida no sea gobernada por el caos ni llevada por el error.

Por eso la peor ignorancia es la deliberada: la que dispone de una Biblia, de oportunidades y de advertencias, pero prefiere continuar sin comprobar porque teme lo que podría encontrar.

La ignorancia bíblica puede ser selectiva

No siempre se manifiesta como una Biblia cubierta de polvo. También puede aparecer en alguien que lee, memoriza, cita y hasta enseña. ¿Cómo es posible? Porque la ignorancia deliberada es selectiva: acepta lo que confirma sus ideas e ignora lo que las confronta.

Lee las promesas, pero evita las instrucciones. Habla del amor de Dios, pero no quiere escuchar acerca de su santidad. Exige justicia cuando fue dañado, pero pide misericordia cuando debe rendir cuentas. Cita pasajes contra otros, pero no permite que esos mismos pasajes examinen su corazón.

La Biblia puede estar abierta delante de nuestros ojos y cerrada para nuestra voluntad.

¿Qué hacemos cuando el texto contradice una costumbre muy querida? ¿Lo examinamos o buscamos rápidamente otra voz que nos dé la razón? ¿Qué sucede cuando la Palabra toca el resentimiento, la ambición, el orgullo, el dinero o una relación que no queremos entregar? Allí se revela si buscábamos conocer la voluntad de Dios o solamente obtener aprobación para la nuestra.

Nunca antepongamos a nadie a lo que Dios ha dicho. Aunque lo afirme una persona famosa, reconocida como «profeta», «apóstol», pastor o maestro, si su enseñanza no está conforme con las Escrituras, no debe aceptarse.

Pero surge otra pregunta: ¿cómo sabremos diferenciar entre la verdad y la mentira, entre lo real y lo falso?

La respuesta no consiste en desconfiar de todos ni en creer que nosotros somos infalibles. Consiste en abandonar la ignorancia deliberada, volver a la fuente, escuchar con humildad y comprobar con diligencia.

¿Qué se siente ser ignorado?

¿Alguna vez alguien pasó a su lado y decidió no mirarlo? ¿Ha hablado y la otra persona actuó como si usted no existiera? ¿Qué se siente cuando alguien escucha sus palabras, pero no las toma en cuenta?

Ahora piense en algo mucho más serio: Dios nos habla por medio de las Escrituras y nosotros podemos ignorarlo. No porque resulte imposible comprender lo que ha dicho, sino porque no nos parece, no nos gusta o nos importa poco lo que tenga que decirnos.

Él habla y no queremos oír. Él ordena algo para nuestro bien y no obedecemos. Él advierte acerca de un peligro y no hacemos caso. Después escuchamos cualquier voz, tomamos malas decisiones, somos heridos y preguntamos por qué sucedió.

Eso es ignorancia deliberada, y es fatal.

Distintas formas de ignorancia

Existe una ignorancia involuntaria, como la de un recién nacido o la de un niño que desconoce muchas cosas, pero que aprenderá algo nuevo en cada etapa. También hay personas que, debido a una condición grave que afecta su comprensión o percepción de la realidad, no poseen la misma capacidad para conocer o responder. No hablamos de ellas cuando denunciamos la ignorancia deliberada.

Existe además el desconocimiento producido por la falta de oportunidades. Una persona pudo haber trabajado desde pequeña, no asistió a la escuela, tiene dificultades para juntar las letras o incluso no sabe leer. Esa situación es dolorosa, pero no equivale a rechazar la verdad. Puede aprender mediante la escucha, la enseñanza, el acompañamiento y la paciencia. Nunca es tarde para comenzar.

También podemos pensar en el desconocimiento de la ley. Muchas personas ignoran cambios legislativos o normas vigentes, pero al transgredirlas no siempre podrán excusarse diciendo: «No sabía» o «nadie me avisó». La ilustración permite comprender una verdad: hay asuntos que tenemos la responsabilidad de conocer porque sus consecuencias no desaparecen por haberlos ignorado.

Sin embargo, la ignorancia deliberada es diferente. No consiste solamente en no saber, sino en no querer saber. Puede expresar soberbia, altivez, pereza, orgullo, temor a ser corregido o amor por una conducta que no se quiere abandonar.

La ignorancia bíblica deliberada rechaza la verdad y la cambia por dogmas y tradiciones humanas. Prefiere una supuesta revelación nueva y menosprecia lo que Dios ya ha revelado. Prefiere emoción sin enseñanza, dependencia de hombres sin crecimiento, experiencias sin comprobación y frases aisladas sin contexto.

Resulta paradójico: contamos con más traducciones, versiones y recursos que muchas generaciones anteriores; la Biblia continúa siendo uno de los libros más difundidos y, sin embargo, puede seguir siendo uno de los menos leídos, comprendidos y vividos.

El ciego que no quiere ver y el sordo que no quiere oír

En resumidas cuentas, esta ignorancia es la del ciego que no quiere ver y el sordo que no quiere oír. El problema mayor es que su caminar se vuelve confuso: no sabe hacia dónde va y tampoco escucha a quienes intentan corregir su camino. Y si alguien lo sigue, el daño ya no queda solamente en él.

Las Escrituras describen esta resistencia mediante acciones muy concretas:

Estas expresiones no describen una falta inocente de datos. Presentan una voluntad que se resiste. Dios habló, mostró el camino, envió advertencias y llamó al pueblo, pero ellos escogieron otra dirección.

El que no sabe puede aprender. El que se equivocó puede ser corregido. Pero ¿cómo se ayuda a quien ha decidido no escuchar? Primero debe reconocer que el problema no está en la ausencia de luz, sino en cerrar los ojos delante de ella.

Religiosos que ignoraban las Escrituras

El Señor respondió a unos hombres religiosos:

Mateo 22:29: «Erráis, ignorando las Escrituras y el poder de Dios».

Esto resulta impactante porque no se dirigía a personas completamente ajenas a la religión. Los saduceos habían formulado una pregunta acerca de la resurrección con la intención de demostrar que esa esperanza era absurda. Conocían los textos, tenían un sistema doctrinal y sabían argumentar. Sin embargo, el Señor señaló dos raíces de su error: ignoraban las Escrituras e ignoraban el poder de Dios.

¿Cómo podía decirles que ignoraban las Escrituras si las citaban y discutían acerca de ellas? Porque conocer palabras no es lo mismo que comprender su testimonio. Habían llegado al texto con una conclusión decidida y lo utilizaban para sostenerla. Su sistema les impedía escuchar lo que Dios había revelado.

Este pasaje muestra que la ignorancia bíblica no siempre consiste en desconocer la existencia de un versículo. También puede consistir en leerlo bajo una idea preconcebida, torcerlo para defender una postura o negar la realidad de Dios que el texto revela.

Pablo habló de un problema semejante:

Romanos 10:2–3: «Porque yo les doy testimonio de que tienen celo de Dios, pero no conforme al verdadero conocimiento. Porque ignorando la justicia de Dios, y procurando establecer la suya propia, no se han sujetado a la justicia de Dios».

Tenían celo, actividad y convicción. El problema no era la ausencia de fervor, sino un fervor sin verdadero conocimiento. Ignoraron la justicia de Dios y procuraron establecer la propia.

Aquí la ignorancia se une con la falta de sujeción. No era solamente un error intelectual; defendían un camino propio. Esto es religión centrada en el ser humano: prima lo que nos gusta, lo que nos parece y lo que nos permite conservar el control. La soberbia nos coloca en el centro, hace que importe más la palabra de un líder o de una tradición que la Palabra de Dios y nos impide someternos a su justicia.

Podemos saber que Dios está en todo lugar y vivir como si no existiera. Podemos conocer una instrucción y actuar como si nunca la hubiéramos oído. Podemos declarar que la Biblia es Palabra de Dios y tratarla como si fuera una opinión opcional.

«Ignoran voluntariamente»: la voluntad detrás de la ignorancia

Pedro advirtió que en los últimos días vendrían burladores que andarían según sus propias pasiones y pondrían en duda la promesa de la venida del Señor. Entonces añadió:

2 Pedro 3:3–5: vendrían burladores que andarían según sus propias pasiones y tendrían por tardanza el regreso del Señor, ignorando voluntariamente lo que dicen las Escrituras.

La expresión es decisiva. Pedro no describe una información que jamás llegó a ellos. Dice que quieren que aquello se les escape, que pasan por alto deliberadamente lo que contradice su conclusión. La voluntad aparece comprometida en la ignorancia.

El orden también importa: andan según sus propias pasiones y luego reinterpretan la realidad para poder continuar de esa manera. Primero escogen cómo desean vivir; después buscan una explicación que elimine la rendición de cuentas. La burla no nace solamente de una duda intelectual: también puede nacer de una voluntad que no quiere que la promesa sea verdadera.

Eso continúa ocurriendo. A veces alguien afirma que no entiende, pero el verdadero problema es que ya entendió lo suficiente como para saber que la verdad le exige cambiar. Entonces no busca claridad; busca una excusa.

¿Por qué esta ignorancia es fatal?

No es fatal porque desconocer un dato bíblico convierta automáticamente a alguien en condenado. Es fatal porque la decisión persistente de ignorar la voz de Dios produce dirección equivocada, endurecimiento, esclavitud y daño.

1. Nos conduce al error

El Señor fue directo: «Erráis, ignorando las Escrituras y el poder de Dios». Cuando ignoramos la Palabra, nuestras ideas, deseos y temores ocupan su lugar. El error no queda limitado a la mente; dirige las decisiones.

2. Nos deja expuestos al engaño

Si no conocemos la voz de la Escritura, cualquier voz segura puede parecernos verdadera. El carisma reemplaza la comprobación, la fama reemplaza el carácter y una experiencia intensa reemplaza el testimonio bíblico.

3. Nos hace dependientes de seres humanos

Quien nunca examina queda atado a quien interpreta por él. Puede pasar de un líder a otro, pero continúa dependiendo de la voz ajena. Dios dio maestros para equipar al cuerpo, no para impedir que el cuerpo crezca.

4. Nos impide reconocer lo que Dios ya nos concedió

Podemos vivir como pobres teniendo una herencia, como esclavos habiendo sido libertados o como abandonados siendo hijos, simplemente porque no conocemos o no comprendemos lo que Dios ha hecho en Cristo.

5. Debilita nuestra fe y alimenta la duda

La fe viene por el oír, y el oír por la Palabra de Dios (Romanos 10:17). Cuando la mente se alimenta de rumores, temor y voces contradictorias, la duda encuentra terreno. La respuesta no es repetir frases vacías, sino volver a escuchar lo que Dios ha dicho.

6. Produce desobediencia disfrazada de desconocimiento

Hay momentos en los que decimos «no sabía», pero en realidad no quisimos comprobar. Santiago 4:17 recuerda la responsabilidad del que sabe hacer lo bueno y no lo hace. No siempre podremos escondernos debajo de una ignorancia aparente.

7. Afecta a quienes nos siguen

Oseas 4:6 muestra que el rechazo del conocimiento no terminó en una sola persona. Las decisiones de sacerdotes, padres, maestros y líderes alcanzaron a otros. El que guía sin luz no pone en peligro solamente su camino, sino también el de quienes confían en él.

La solución no es saber más para sentirnos superiores

Después de confrontar la ignorancia deliberada podríamos caer en el extremo contrario: acumular información para envanecernos, discutir o menospreciar a quien sabe menos. Esa tampoco es la solución.

La meta no es saber más acerca de Dios para elevarnos sobre otros, sino conocerlo más, andar como es digno de Él y llevar fruto. Por eso Pablo oraba por los hermanos en Colosas:

Colosenses 1:9–10: «Por lo cual también nosotros, desde el día que lo oímos, no cesamos de orar por vosotros y de pedir que seáis llenos del conocimiento de su voluntad en toda sabiduría e inteligencia espiritual. Así podréis andar como es digno del Señor, agradándolo en todo, llevando fruto en toda buena obra y creciendo en el conocimiento de Dios».

Observe el movimiento del pasaje:

Lo que Pablo pidePara qué lo pide
Ser llenos del conocimiento de su voluntadAndar como es digno del Señor
Sabiduría e inteligencia espiritualAgradarlo en todo
Comprender su voluntadLlevar fruto en toda buena obra
Crecer en conocimientoContinuar creciendo en el conocimiento de Dios

El conocimiento bíblico verdadero no termina en información. Produce andar, agrado, fruto y crecimiento. Lo que sabemos debe alcanzarnos, corregirnos y movernos.

Volver a las Escrituras

Ya basta de escondernos bajo una aparente ignorancia cuando en el fondo existe rechazo. Volvamos de corazón al Señor y escuchemos lo que tiene que decirnos por medio de las Escrituras.

Volver a la Palabra no significa leer rápidamente para cumplir una obligación. Significa acercarnos dispuestos a escuchar, comprender, creer y obedecer. Significa permitir que el texto cuestione nuestras costumbres, doctrinas, reacciones y decisiones.

Podemos comenzar con acciones sencillas y profundas:

  • Leer libros completos, no vivir solamente de versículos aislados.
  • Observar qué dice el texto antes de preguntar qué queremos que diga.
  • Prestar atención al contexto, a los destinatarios, a las repeticiones y a los conectores.
  • Formular preguntas y buscar sus respuestas dentro del pasaje.
  • Comparar toda enseñanza con las Escrituras.
  • Pedir a Dios que ilumine los ojos de nuestro entendimiento.
  • Reconocer con humildad cuando debemos corregir una creencia.
  • Obedecer lo que ya hemos comprendido.
  • Recibir enseñanza sin convertir al maestro en mediador absoluto.
  • Enseñar a otros a comprobar, no solamente a repetir.

La Biblia no fue dada únicamente para informarnos, sino para enseñarnos, redargüirnos, corregirnos e instruirnos en justicia, a fin de que seamos enteramente preparados para toda buena obra (2 Timoteo 3:16–17).

Santiago la compara con un espejo. El problema no está en mirar y descubrir algo que necesita corrección; el problema está en mirar, marcharnos y olvidar lo que vimos (Santiago 1:22–25). La ignorancia deliberada puede comenzar precisamente allí: cuando la Palabra mostró algo y decidimos actuar como si nunca lo hubiéramos visto.

No ignoremos voluntariamente

No ignoremos voluntariamente que Él es Señor: obedezcamos.

No ignoremos voluntariamente que Él es Dios y nosotros no.

No ignoremos voluntariamente que Él es nuestro Padre celestial y que debemos comportarnos como hijos suyos.

No ignoremos voluntariamente que Dios es luz, que es justo, que es amor, que es fuego consumidor, que es misericordioso y santo.

No ignoremos voluntariamente que aquello que llamamos Biblia es la Palabra de Dios: su voz, su voluntad escrita y la sabiduría que necesitamos para vivir como Él quiere que vivamos.

Es bien sabido que la duda y la incredulidad representan un gran problema. Pero muchas veces es la ignorancia deliberada la que nos conduce hasta ese estado. Cuando cerramos los oídos a la Palabra, otras voces ocupan su lugar.

En cambio, por medio de la Palabra recibimos fe, convicción y seguridad. Ella funciona como un espejo que muestra lo que está mal en nosotros; pone al descubierto la pereza, la soberbia, el orgullo y todo aquello que nos impide acercarnos a Dios y verlo tal como Él es.

La Palabra quita la venda para que podamos ver, abre nuestros oídos para que podamos oír, ilumina nuestro entendimiento para que podamos comprender y nos comunica la sabiduría necesaria para vivir como hijos de Dios.

La pregunta final no es solamente cuánto desconocemos. Siempre habrá algo más que aprender. La pregunta es otra:

¿Qué estamos haciendo con aquello que Dios ya nos permitió ver?

El que todavía no sabe puede aprender. El que no comprende puede preguntar. El que se equivocó puede ser corregido. El que se alejó puede regresar. Pero para ello debemos abandonar la decisión de ignorar, volver a la fuente y escuchar nuevamente lo que Dios ha dicho.

La ignorancia bíblica deliberada es fatal; el conocimiento de Dios, recibido con fe y obediencia, produce vida, libertad, firmeza, discernimiento y fruto.

Amén.

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