En Contexto
HERMENEUTICA: ANTES DE APRENDERLA Y ANTES DE ENSEÑARLA
Mucho se oye hoy sobre reglas y normas de interpretación bíblica, mucho se habla de hermenéutica bíblica, y son pocos los que lo hacen de manera sencilla y por lo general todos se basan en las tres obras más doctoradas y difíciles de entender para la mayoría de quienes quieren estudiar con mayor profundidad las Escrituras y a veces presentan tan difícil el camino que prácticamente para poder entender la Palabra de Dios se requiere de un montón de tomos enciclopédicos y un cerro de literatura y a ello sumarle que deben aprender los idiomas originales en que fue escrita la Biblia, pero al llegar a este punto la verdad es que se vuelve tedioso para muchos, inalcanzable para otros y allí el fracaso de algo que debió ser bueno.
El problema no está en estudiar, profundizar ni utilizar buenas herramientas. Tampoco está en aprender acerca de los idiomas, la historia, la cultura o los géneros literarios de las Escrituras. Todo eso puede ayudarnos enormemente. El problema comienza cuando se presenta la comprensión de la Biblia como un privilegio reservado para especialistas, como si el hermano que no posee una biblioteca, no asistió a un seminario o no conoce hebreo y griego estuviera condenado a depender para siempre de la interpretación de otro.
¿Para qué fueron dadas las Escrituras? ¿Para permanecer encerradas detrás de un lenguaje que la mayoría no puede alcanzar? ¿O para enseñar, corregir, instruir, alumbrar y hacer maduro al pueblo de Dios? Pablo afirmó que las Sagradas Escrituras pueden hacer sabio para la salvación y preparar enteramente al hombre de Dios para toda buena obra (2 Timoteo 3:15–17). Por tanto, toda herramienta que realmente sirva a la Palabra debe acercar a las personas a ella, ayudarlas a comprenderla y enseñarles a comprobar lo que oyen. Si la herramienta termina reemplazando la lectura, oscureciendo lo sencillo o haciendo que el creyente se sienta incapaz de acercarse a las Escrituras, algo se ha desviado de su propósito.
No se trata de rebajar la profundidad de la Palabra, sino de enseñar con claridad. Sencillo no significa superficial. Profundo no significa complicado. El buen maestro no demuestra cuánto sabe haciendo difícil lo que explica; demuestra que comprendió cuando puede conducir a otros desde lo que ven hasta lo que todavía no habían alcanzado a ver.
| No buscamos | Sí buscamos |
|---|---|
| Simplificar la Biblia hasta vaciarla | Explicar con claridad sin quitarle profundidad |
| Reemplazar el estudio | Enseñar a estudiar con propósito |
| Despreciar las herramientas | Colocarlas al servicio de la Palabra |
| Formar dependientes de un maestro | Formar creyentes que sepan escuchar y comprobar |
| Acumular términos técnicos | Comprender, vivir y enseñar la verdad |
Si la gran mayoría es un público adulto, muchos con poco estudio o poca comprensión lectora que a veces les cuesta entender ciertos asuntos y le agregamos más dificultad si no enseñamos bien la palabra de verdad. Vemos también en mucha juventud que el tipo de nivel que tienen de comprensión lectora es bajísimo aún en jóvenes que van a la universidad, ya que solo aprenden materia y responden y eso solo es aplicar memoria, más no hay comprensión y el nivel de conocimiento bíblico y la comprensión es baja en ellos también, por eso no basta con enseñar algunas reglas de interpretación para que las personas digan ahora sí que comprendo la Biblia, o que el enseñador se conforme y diga, bueno ya les enseñe como debían leer, y no ver ni pensar en que puede estar fallando, o donde está el problema para solucionarlo de raíz.
Saber repetir una definición no significa haber comprendido. Memorizar qué es una metáfora no garantiza que podamos reconocerla dentro de un pasaje. Aprender una lista de preguntas no significa que sepamos escuchar las respuestas del texto. La comprensión se desarrolla leyendo, observando, preguntando, relacionando, volviendo a leer, comprobando y practicando. Por eso un curso aislado no puede corregir años de poca lectura bíblica si después del curso todo continúa igual.
¿Qué ocurrirá si enseñamos veinte reglas en una semana, pero las personas siguen alimentándose solamente de frases sueltas? ¿Qué sucederá si pueden nombrar el contexto histórico, pero nunca leen un libro bíblico completo? ¿Qué ganamos si aprenden a identificar un símbolo, pero no pueden seguir el argumento que une un párrafo con el siguiente? Entregar herramientas sin enseñar a usarlas dentro de las Escrituras es como entregar instrumentos de trabajo sin mostrar qué se construye con ellos.
La solución no consiste en menospreciar a quien tiene dificultades, sino en acompañarlo. Tampoco consiste en reducir toda enseñanza a frases elementales para siempre. Debemos partir desde donde las personas se encuentran y conducirlas hacia la madurez. El recién nacido necesita leche, pero la intención no es que viva toda su vida alimentándose de ella. Hebreos 5:11–14 muestra que el problema no era solamente falta de información: se habían hecho tardos para oír y no habían ejercitado los sentidos en el discernimiento del bien y del mal. La madurez requiere enseñanza, pero también práctica.
Cada maestro o pastor que enseñe las Escrituras debe llevar al pueblo a la lectura de la Palabra de Dios y enseñarla toda, porque o si no, no sirve de nada que haga un curso de hermenéutica en su congregación si no hay conocimiento básico de ellas, si solo enseña tradición humana, psicología o entretenimiento. Lamentablemente, el sistema es así en muchos lugares el domingo o sábado es un día de culto «evangelístico» malentendiendo esa palabra y no hay enseñanza del verdadero y único Evangelio, algunos en otro día en la semana realizan un día de estudio bíblico basado en un éxito de librería y miles de doctrinas de siglos que nunca las cuestionaran porque ya son una tradición, solo letra y nada espiritual. ¿Qué está sucediendo? ¿En qué momento se ha perdido el blanco?
Llevar al pueblo de vuelta a las Escrituras
La función del maestro bíblico no es lograr que todos repitan su conclusión, sino ayudarlos a ver cómo esa conclusión nace del texto. Nehemías 8:8 presenta una escena sencilla y profunda: leían el libro de la ley claramente, ponían el sentido y hacían entender la lectura. Allí hay lectura, explicación y comprensión. No se inventó un mensaje separado del texto ni se utilizó la Palabra como pretexto para hablar de cualquier cosa. El pueblo fue ayudado a entender lo que estaba escrito.
Pablo pudo decir que no había rehuido anunciar todo el consejo de Dios (Hechos 20:27). Eso exige mucho más que repetir siempre los mismos asuntos. Toda la Escritura debe ir formando la comprensión del creyente: quién es Dios, qué ha hecho, cuál es su voluntad, quiénes somos en Cristo, cómo debemos vivir, qué debemos esperar, qué debemos abandonar y cómo reconocer el error.
Cuando solamente se enseñan fragmentos, el creyente puede conocer muchas frases y, sin embargo, desconocer el mensaje. Puede recordar promesas sin saber a quién fueron dadas, advertencias sin conocer su causa y mandamientos sin comprender su propósito. Incluso puede utilizar correctamente las palabras de un versículo y, al mismo tiempo, aplicar equivocadamente su sentido. Por eso enseñar toda la Palabra no significa mencionar muchos textos en una predicación; significa respetar lo que cada texto comunica dentro de la totalidad de las Escrituras.
¿En qué momento se perdió el blanco? Se perdió cuando la Biblia dejó de gobernar la enseñanza y comenzó a utilizarse solamente para respaldarla. Se perdió cuando primero se escogió el mensaje y después se buscaron versículos que parecieran decirlo. Se perdió cuando entretener llegó a ser más importante que edificar, emocionar más importante que formar y mantener dependientes a las personas más importante que enseñarles a examinar.
Recuperar el blanco no demanda inventar un sistema nuevo. Demanda volver a leer, volver a enseñar, volver a explicar y volver a poner la Palabra en el centro.
Ante este escenario y realidad de cada congregación debemos hacernos 3 preguntas y la primera es ¿Qué debemos hacer? Y la segunda es ¿Qué podemos hacer? Y la tercera pregunta es ¿Cómo lo vamos a hacer?
Estas tres preguntas no deben quedar suspendidas. Nos ayudan a pasar del diagnóstico a la responsabilidad y de la responsabilidad a la acción.
1. ¿Qué debemos hacer?
Debemos volver a las Escrituras. No solamente citarlas, exhibirlas o decir que creemos en ellas, sino leerlas, escucharlas, estudiarlas, enseñarlas y obedecerlas. Debemos recuperar el hábito de leer pasajes completos, seguir el pensamiento del autor, reconocer las palabras repetidas y permitir que el texto corrija lo que nosotros suponíamos.
Debemos enseñar todo el consejo de Dios y no solamente nuestros temas preferidos. Debemos establecer nuevamente las bases del Evangelio, porque no se puede comprender correctamente la vida cristiana si no se comprende lo que Dios hizo en Cristo. Debemos ayudar a cada creyente a crecer desde la dependencia infantil hasta el discernimiento, la estabilidad y la capacidad de alimentar a otros.
Y debemos revisar nuestras motivaciones. ¿Queremos comprender para obedecer o para tener razón? ¿Queremos enseñar para servir o para ser reconocidos? ¿Buscamos que las personas conozcan al Señor o que admiren al expositor? Antes de corregir el método, debemos permitir que la Palabra examine el corazón con el cual leemos y enseñamos.
2. ¿Qué podemos hacer?
Podemos enseñar a leer atentamente. Podemos mostrar cómo una palabra adquiere sentido dentro de una frase, una frase dentro de un párrafo, un párrafo dentro de un libro y un libro dentro de toda la Escritura. Podemos enseñar a identificar quién habla, a quién, en qué circunstancias, por qué razón y con qué propósito.
Podemos ayudar a formular preguntas y a esperar que sea el texto el que responda. Podemos enseñar a observar antes de interpretar, a comprobar antes de afirmar y a distinguir entre lo que está escrito y lo que hemos imaginado. Podemos mostrar cómo se llega a una conclusión en lugar de entregar conclusiones terminadas que nadie sabe comprobar.
También podemos reconocer con humildad cuando no sabemos algo. Un maestro no pierde autoridad por decir «debemos examinarlo mejor». La pierde cuando afirma como Palabra de Dios aquello que no puede demostrar en ella.
3. ¿Cómo lo vamos a hacer?
Lo haremos de manera bíblica, sencilla, progresiva, espiritual y práctica. Bíblica, porque las mismas Escrituras serán el terreno donde aprenderemos. Sencilla, porque explicaremos cada herramienta de manera comprensible. Progresiva, porque no colocaremos sobre el recién iniciado el peso de todo lo que todavía no puede manejar. Espiritual, porque no separaremos la comprensión de la comunión con Dios, la oración, la humildad y la obediencia. Práctica, porque cada principio será mostrado en acción dentro de textos reales.
Leeremos juntos. Preguntaremos juntos. Seguiremos conectores, palabras, argumentos y repeticiones. Distinguiremos cuándo el texto narra algo y cuándo lo manda; cuándo describe una situación y cuándo establece una verdad; cuándo una promesa tiene un destinatario particular y qué principio permanece para nosotros. No entregaremos solamente reglas: enseñaremos a usarlas.
| Pregunta | Respuesta central |
|---|---|
| ¿Qué debemos hacer? | Volver a las Escrituras y recuperar su lugar central |
| ¿Qué podemos hacer? | Enseñar a observar, preguntar, conectar, comprobar y obedecer |
| ¿Cómo lo vamos a hacer? | Con claridad, progresión, práctica, humildad y dependencia de Dios |
Porque es necesario enseñar las Escrituras y enseñarlas bien y de la forma y manera más comprensible que se pueda y este mensaje no va solo dirigido a maestros o pastores sino cada creyente que se llame o se diga creyente o cristiano, es tiempo de reflexionar, pensar y analizarnos a nosotros mismos y a nuestras motivaciones del porqué enseñamos o del porqué queremos aprender ,ya que las razones y las motivaciones deben ser las correctas, todo debe apuntar no a saber más de Dios, sino a conocer más a Dios y así lo mismo de cada enseñanza escrita en la Biblia.
Saber acerca de Dios no es lo mismo que conocerlo
Esta diferencia debe acompañarnos durante toda la serie. Una persona puede acumular datos acerca de alguien sin haber compartido nunca la vida con esa persona. Puede saber fechas, lugares, nombres y acontecimientos, pero eso no equivale a conocerla. De igual manera, podemos aprender términos bíblicos, doctrinas, cronologías y métodos sin crecer en comunión, obediencia, confianza, amor y semejanza al Señor.
Conocer a Dios no significa poseer una comprensión exhaustiva de Él. Significa vivir en relación con Él, recibir su Palabra, reconocer su carácter, caminar en su voluntad y permitir que lo conocido transforme nuestra manera de pensar y vivir. Por eso la vida eterna es descrita en términos de conocer al único Dios verdadero y a aquel que Él envió (Juan 17:3), y por eso el llamado apostólico no termina en haber conocido, sino en crecer en la gracia y el conocimiento del Señor (2 Pedro 3:18).
¿Para qué queremos interpretar mejor? Para verlo con mayor claridad en aquello que ha revelado. Para conocer su voluntad y andar en ella. Para comprender su gracia y vivir agradecidos. Para conocer su amor y aprender a amar. Para reconocer su fidelidad y confiar. Para discernir el error y permanecer en la verdad. Si el estudio no nos conduce a conocerlo, obedecerlo y reflejarlo, hemos confundido el medio con la meta.
No cometamos el error de caer en encerrar grandes verdades en pasos, como 5 pasos para tener fe, 7 pasos para orar mejor, 10 pasos para triunfar, eso no, sino que debemos enseñar todo el consejo de Dios y si hay que recalcar y repasar, hay que hacerlo hasta que eso quede grabado en cada mente y corazón, que las personas no solo oigan historias bíblicas y de forma alegórica , tienen que ver al Dios de la Historia obrando, debemos enseñar la biblia en su contexto siempre.
La formación espiritual no cabe en una receta
Las listas pueden servir para ordenar, recordar o resumir, pero se vuelven peligrosas cuando sustituyen la verdad que intentaban explicar. La fe no es el resultado automático de completar cinco tareas. La oración no es una técnica que obliga a Dios a responder. El crecimiento no es una fórmula de éxito. La vida en Cristo no puede reducirse a una serie de instrucciones desconectadas de Él.
| Una receta religiosa | La formación bíblica |
|---|---|
| Promete resultados rápidos | Reconoce un proceso de crecimiento |
| Coloca la confianza en el método | Coloca la confianza en Dios |
| Entrega pasos sin contexto | Enseña la verdad dentro de su contexto |
| Busca reproducir una experiencia | Forma convicciones y obediencia |
| Puede producir repetidores | Procura formar discípulos maduros |
Las Escrituras sí contienen órdenes, secuencias, condiciones y acciones concretas. El problema no son los pasos cuando el propio texto los presenta; el problema es reducir una verdad amplia a una fórmula creada por nosotros y después prometer lo que Dios no prometió. ¿De dónde salió esa fórmula? ¿El pasaje realmente la enseña? ¿Sus condiciones fueron respetadas? ¿Su propósito es el mismo que nosotros le atribuimos?
Tampoco debemos convertir cada relato en una alegoría. Cuando leemos una historia bíblica, debemos entrar en ella: observar qué sucedió, quiénes participaron, qué dijo Dios, qué hicieron las personas, qué consecuencias hubo y por qué el autor la incluyó. No necesitamos reemplazar la historia con significados inventados para encontrar profundidad. La profundidad ya está allí cuando vemos al Dios de la historia obrando, revelando su carácter, cumpliendo su propósito y tratando con seres humanos reales.
Repetir tampoco es fracasar. Pedro escribió a personas que ya conocían la verdad y estaban afirmadas en ella, pero consideró necesario recordarles las mismas cosas y despertarlas mediante el recordatorio (2 Pedro 1:12–15). El que sabe puede olvidar; el que oyó puede dejar de prestar atención; el que comprendió puede no estar viviendo conforme a ello. Por eso enseñamos, repasamos y recordamos hasta que la verdad descienda de los labios al corazón y del corazón a la vida.
Quizás usted pensará que esto es solo una crítica, pero no, esto no es una crítica es un análisis y una reflexión, porque no estoy criticando la hermenéutica o las reglas de interpretación, ellas son necesarias, pero no serán eficaces si no hay base ni contexto bíblico, si la gente no es llevada de vuelta a las Escrituras, si no se enseñan las bases del Evangelio de Cristo, la verdad es que solo serán un montón de reglas sin aplicación y no porque sean malas ,sino porque no hay comprensión y ello porque no hay un conocimiento de las Escrituras, y como resultado un gran mal: Hermanos discutiendo y peleando entre sí y cada uno con sus reglas, que si esto es una alegoría o una parábola o una metáfora o que si esto es un tipo, una figura o un símbolo. ¿Y la comprensión? ¿Dónde quedó?, ¿la edificación? ¿Dónde quedó? Es necesario enseñar los principios y reglas de interpretación bíblica, pero su finalidad debe ser la de traer crecimiento espiritual, madurez, solidez, una fe fuerte en el Señor y en Su Palabra y no confusión.
Lo que la hermenéutica puede hacer y lo que no puede hacer
Necesitamos darle a la hermenéutica el lugar que le corresponde: ni despreciarla ni pedirle aquello que nunca podrá producir por sí sola.
| La hermenéutica puede | La hermenéutica no puede |
|---|---|
| Enseñarnos a observar con mayor precisión | Darnos hambre por la Palabra |
| Ayudarnos a reconocer el contexto | Reemplazar la comunión con Dios |
| Advertirnos contra conclusiones arbitrarias | Producir humildad automáticamente |
| Ordenar el proceso de estudio | Vencer nuestra desobediencia |
| Ayudarnos a comprobar una enseñanza | Garantizar que viviremos lo aprendido |
| Mostrar diferencias entre géneros y recursos | Sustituir la iluminación de Dios |
| Darnos herramientas para comprender | Transformar por sí sola nuestro carácter |
Una persona puede aprender a distinguir una parábola de una narración histórica y seguir siendo contenciosa. Puede conocer reglas gramaticales y utilizar su conocimiento para humillar. Puede explicar correctamente un texto acerca del amor mientras trata sin amor a quien discrepa. ¿Falló la regla? No. El conocimiento llegó a la mente, pero no gobernó el corazón.
La hermenéutica puede ayudarnos a entender lo que el texto comunica; la obediencia responde a lo comprendido. La hermenéutica puede mostrarnos el mandato; no puede obedecerlo por nosotros. Puede demostrar que una interpretación no respeta el contexto; no puede obligar al orgulloso a reconocer que estaba equivocado. Por eso necesitamos herramientas y, al mismo tiempo, humildad, amor, oración, comunión y una disposición verdadera para ser corregidos.
Porque de que sirve que dos personas hayan estudiado hermenéutica, luego se digan la una a la otra: maldita tú que crees que la salvación se pierde, y contesta la otra: Hija del diablo tú que crees que la salvación no se pierde, y eso lo vemos a diario en los blogs, chats y redes sociales. ¿Qué vamos a decir? ¿La hermenéutica es mala? No, el problema no está allí. Entonces ¿Dónde está?, bueno, son muchos los factores y ya hemos visto algunos y podemos nombrar muchos, pero debemos reconocer la raíz del problema, por ejemplo; La inmadurez, eso es falta de crecimiento espiritual, y lo que produce ello es la falta de enseñanza bíblica, la poca lectura de la biblia. Entonces no hay crecimiento en la palabra, en conocimiento, ni en gracia, ni en amor, etc.
Cuando la información no se convierte en formación
El ejemplo es fuerte porque revela una contradicción más profunda que la diferencia doctrinal. Dos personas pueden defender posiciones opuestas y, al mismo tiempo, coincidir en desobedecer lo que la Palabra ordena acerca del amor, la mansedumbre, la paciencia y el trato hacia el hermano. Entonces la discusión ya no demuestra solamente una dificultad interpretativa; revela inmadurez espiritual.
Pablo escribió a los corintios, una congregación enriquecida en conocimiento y dones, pero tuvo que hablarles como a carnales debido a los celos, las contiendas y las divisiones (1 Corintios 1:5–7; 3:1–3). Tenían información, manifestaciones y maestros preferidos; sin embargo, su manera de tratarse demostraba que todavía necesitaban crecer.
Esto nos obliga a preguntar: ¿qué prueba la madurez? ¿La cantidad de términos que alguien domina o la manera en que responde cuando es contradicho? ¿La capacidad de defender una postura o la disposición a examinarla? ¿Cuántos libros ha leído o cuánto fruto del Espíritu gobierna su conducta?
La falta de crecimiento deja señales:
- La persona escucha solamente para responder.
- Confunde corrección con ataque personal.
- Defiende una tradición antes de examinar el texto.
- Cree que admitir un error significa perder autoridad.
- Utiliza versículos como armas contra las personas.
- Mide la fidelidad ajena por la adhesión a su sistema.
- Puede hablar extensamente de la verdad sin conducirse con amor.
Efesios 4:11–15 muestra para qué fueron dados los ministerios de enseñanza: perfeccionar a los santos, edificar el cuerpo, conducir a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, llevar a la madurez y evitar que seamos llevados por todo viento de doctrina. El resultado no es un ejército de discutidores, sino un cuerpo que crece en amor y habla la verdad en amor.
| Información sin formación | Conocimiento que produce madurez |
|---|---|
| Busca vencer al interlocutor | Busca ganar y edificar al hermano |
| Reacciona con orgullo | Escucha y examina con humildad |
| Usa la verdad como arma personal | Habla la verdad en amor |
| Defiende primero su sistema | Permite que la Escritura lo corrija |
| Multiplica contiendas | Produce estabilidad y discernimiento |
No toda diferencia desaparecerá inmediatamente, pero nuestra manera de tratarla debe mostrar quién nos gobierna. Si creemos que alguien está equivocado, ¿lo maldeciremos o procuraremos restaurarlo con espíritu de mansedumbre? ¿Oramos por él? ¿Escuchamos lo que realmente está diciendo? ¿Volvemos juntos al texto? La verdad no necesita nuestra carnalidad para ser defendida.
¿Es necesario conocer las reglas y normas de interpretación Bíblica? Claro que si, y quizás haya algunos que digan no necesitarlas, pero la verdad es todos los que estudian las Escrituras o piensan y meditan en ella o la escudriñan la verdad es que todos ellos tal vez aplican algunas sin conocerlas, por ejemplo se preguntan ¿Quién dijo esto?, ¿A quién se lo dijo?, y ¿Por qué dijo tal cosa?, principios fundamentales como «La Biblia se interpreta a si misma» o que no se deben crear doctrinas basadas en par de versículos o en pasajes no muy claros , sino que se deben usar pasajes amplios y claros, pero la verdad es que hasta los más grandes teólogos no las cumplen y allí está el problema de tantas doctrinas diferentes, cuando lo que debemos tener bien claro es que la interpretación debe ser una sola, aplicaciones puede tener una o más, pero existiendo tanta información hoy en día sucede todo lo contrario muchas interpretaciones y poca aplicación.
Todos interpretamos, aunque no conozcamos el nombre de las reglas
En el momento en que preguntamos quién habló, qué quiso decir o por qué lo dijo, ya estamos interpretando. La diferencia está entre hacerlo consciente y responsablemente o hacerlo sin advertir nuestras suposiciones. Nadie se acerca a un texto con la mente completamente vacía: traemos enseñanzas recibidas, experiencias, costumbres, temores, preferencias y preguntas. Las reglas no existen para apagar la lectura espiritual, sino para ayudarnos a reconocer cuándo estamos escuchando el texto y cuándo solamente estamos oyendo el eco de nuestras propias ideas.
Observación, interpretación, comprensión, aplicación y obediencia
Estas acciones se relacionan, pero no son idénticas:
| Etapa | Pregunta principal | Peligro si se omite |
|---|---|---|
| Observación | ¿Qué dice realmente el texto? | Atribuirle palabras que no contiene |
| Interpretación | ¿Qué comunica dentro de su contexto? | Imponerle nuestras ideas |
| Comprensión | ¿Cuál es la verdad que debemos reconocer? | Repetir palabras sin entenderlas |
| Aplicación | ¿Cómo alcanza esta verdad nuestra situación? | Dejarla en información |
| Obediencia | ¿Qué debemos creer, abandonar o hacer? | Ser oidores olvidadizos |
Primero escuchamos lo que el texto dice. Después procuramos comprender qué comunicó dentro de su situación, su párrafo y su libro. Entonces reconocemos la verdad y preguntamos cómo alcanza nuestra vida. Finalmente respondemos con fe y obediencia.
Un texto no puede significar una cosa y su contrario al mismo tiempo. La interpretación busca reconocer lo que comunica. Las aplicaciones pueden ser diversas porque la misma verdad puede alcanzar distintas circunstancias. Por ejemplo, una enseñanza acerca de hablar con verdad puede corregir al que miente, advertir al que exagera, confrontar al que manipula y afirmar al que debe testificar con fidelidad. Las situaciones varían; la verdad no se transforma para acomodarse a cada una.
«La Biblia se interpreta a sí misma»
Este principio no significa tomar cualquier palabra y unirla con todos los versículos donde aparezca, ignorando sus contextos. Significa que las Escrituras forman un testimonio coherente y que lo revelado en un lugar ayuda a comprender lo expresado en otro. Los pasajes claros alumbran los más difíciles; las enseñanzas amplias evitan construir doctrinas sobre expresiones oscuras; el conjunto impide que una parte sea forzada a contradecir el todo.
Para aplicarlo correctamente debemos respetar un orden:
- Escuchar primero la frase dentro de su propio párrafo.
- Seguir el argumento del capítulo y del libro.
- Reconocer el propósito y la situación de los destinatarios.
- Comparar después con otros pasajes que traten verdaderamente el mismo asunto.
- Comprobar la conclusión a la luz de todo el consejo de Dios.
No se trata de lanzar versículos contra versículos. Se trata de permitir que la totalidad de las Escrituras examine nuestra conclusión. Una referencia paralela no debe arrancarnos del contexto que estábamos estudiando; debe ayudarnos a verlo con mayor claridad.
Una interpretación y más de una aplicación
Antes de preguntar «¿qué significa para mí?», debemos preguntar «¿qué está diciendo?». Si comenzamos por nosotros, nuestra necesidad puede ocupar el lugar del mensaje. Si comenzamos escuchando el texto, su verdad podrá alcanzar necesidades que ni siquiera habíamos reconocido.
Esto también protege al maestro. Ya no puede utilizar una frase para introducir cualquier tema que desee. Debe mostrar la conexión entre su aplicación y la verdad del pasaje. ¿La aplicación nace realmente de allí? ¿Respeta a los destinatarios? ¿Conserva el propósito? ¿Armoniza con toda la Escritura? Estas preguntas no apagan el mensaje; lo libran de nuestras ocurrencias.
Si en verdad deseas aprender como leer la biblia, como estudiarla, como escudriñarla como interpretarla, lo cierto es que sin Dios nada podemos hacer, por allí hay que partir, hay que comenzar en una búsqueda de Él, de conocerle más, de conocer su voluntad y es en esa búsqueda en que El mismo nos ilumina, nos da entendimiento, sabiduría e inteligencia para comprender cada verdad y nos ayudará a usar todas las herramientas posibles y nos guiará en este camino para poder comprender mejor su Palabra, vivirla y enseñarla de la mejor manera posible. Así que antes de comenzar a estudiar las normas de interpretación, volvamos a leer, repasemos cada pasaje, cada historia, cada instrucción y cada enseñanza hasta que nos familiaricemos con ella, nos empapemos de ella y la conozcamos cabalmente.
Dependencia de Dios y diligencia en el estudio
No debemos escoger entre orar y estudiar, como si una cosa negara la otra. Tampoco entre iluminación y herramientas, entre dependencia y diligencia. Debemos estudiar dependiendo de Dios y depender de Dios mientras estudiamos.
El salmista oró para que Dios abriera sus ojos y pudiera contemplar las maravillas de su ley (Salmo 119:18). Después de su resurrección, el Señor abrió el entendimiento de sus discípulos para que comprendieran las Escrituras (Lucas 24:45). Pablo pidió que fueran iluminados los ojos del corazón de los creyentes (Efesios 1:17–18). La necesidad de iluminación no es una excusa para no leer; es el reconocimiento de que no buscamos solamente descifrar palabras, sino comprender realidades espirituales y responder a ellas.
El Espíritu Santo no fue dado para justificar interpretaciones que contradicen lo escrito. Él inspiró las Escrituras y no se contradice. Tampoco la frase «Dios me reveló» puede utilizarse para cerrar toda comprobación. Si una enseñanza procede de la verdad, podrá ser examinada en la Palabra. La iluminación permite ver lo que Dios ha revelado; no autoriza a inventar lo que el texto nunca dijo.
Antes de abrir un manual, abra la Biblia
Una Biblia sencilla puede ser una gran bendición. Los títulos, subtítulos, notas y divisiones editoriales pueden ayudar, pero no forman parte del texto original y, en ocasiones, interrumpen el argumento o condicionan la lectura. Pruebe leer un libro completo sin detenerse en cada encabezado. Observe dónde el propio autor cambia de asunto, dónde concluye una idea y dónde retoma algo que había comenzado antes.
Antes de correr hacia una explicación externa:
- Lea varias veces el pasaje.
- Amplíe la lectura hacia lo anterior y lo posterior.
- Identifique quién habla y a quién.
- Observe palabras, frases e ideas repetidas.
- Marque conectores como «porque», «pues», «pero», «por tanto», «por lo cual», «así que», «para que» y «sin embargo».
- Pregunte qué problema, pregunta o situación está respondiendo el autor.
- Distinga lo que el texto afirma de lo que usted supone.
- Resuma con sus propias palabras el argumento.
- Compare su conclusión con otros pasajes claros.
- Ore, medite y pregunte cómo debe responder.
Los diccionarios, comentarios históricos, recursos culturales, mapas e idiomas originales pueden aportar información valiosa. Pero deben ayudarnos a escuchar mejor el texto, no reemplazarlo. Primero procure observar todo lo que tiene delante. Después utilice las herramientas para comprobar, ampliar o corregir. Nunca entregue a un comentarista la responsabilidad que usted tiene de examinar las Escrituras.
Existe un sector que choca con la Hermenéutica o reglas de interpretación, que dice que no debemos interpretar por nosotros mismos las Escrituras que solo un papa o un obispo o líder tal tienen la revelación final y la última palabra, y eso es para anular, para gobernar, para empoderarse y tener el control, pero está mal, y es por esa razón que además prefieren tener a su rebaño en ignorancia, para así tener control total.
El maestro sirve a la comprensión; no reemplaza la conciencia del creyente
La respuesta al abuso de autoridad no es despreciar todo ministerio de enseñanza ni creer que cada persona aislada es infalible. Dios dio maestros al cuerpo para edificarlo. Pero el maestro no ocupa el lugar de la Palabra, y su autoridad no convierte automáticamente sus conclusiones en verdad.
Los bereanos recibieron la enseñanza apostólica con solicitud y examinaban diariamente las Escrituras para comprobar si las cosas eran así (Hechos 17:11). No fueron reprendidos por examinar; fueron llamados nobles. Pablo también ordenó examinarlo todo y retener lo bueno (1 Tesalonicenses 5:21), y Juan llamó a no creer a todo espíritu, sino a probarlos (1 Juan 4:1).
El pastor fiel no teme que el rebaño aprenda a leer. No oculta el camino por el cual llegó a su conclusión. No exige una confianza que solamente corresponde a Dios. Alimenta, equipa, protege, corrige y enseña con paciencia. Pedro ordenó pastorear sin enseñorearse de los que están al cuidado, sino siendo ejemplos del rebaño (1 Pedro 5:2–3).
Por eso debemos mantener juntos dos peligros:
| Un extremo | El otro extremo | El camino sano |
|---|---|---|
| Dependencia ciega de una autoridad humana | Independencia orgullosa que rechaza toda enseñanza | Maestros que equipan y creyentes que examinan |
| «No puedo comprender sin mi líder» | «Nadie puede enseñarme nada» | Humildad para aprender y responsabilidad para comprobar |
| Control mediante la ignorancia | Aislamiento sin corrección | Vida y aprendizaje dentro del cuerpo |
¿Qué clase de discípulos estamos formando? ¿Personas que solamente preguntan «qué cree mi congregación» o creyentes capaces de abrir la Biblia, seguir el argumento y reconocer por qué creen lo que creen? ¿Qué ocurrirá cuando escuchen una enseñanza falsa lejos de su maestro? Si nunca aprendieron a examinar, continuarán dependiendo de la voz más convincente.
En definitiva, conocer las reglas y normas de interpretación pueden ser de mucha utilidad, pero siempre y cuando lo hagamos con el espíritu correcto y la motivación correcta, no es para saber más de Dios, sino para conocer más y de mejor manera a Dios.
Antes de aprenderla
Antes de aprender nombres, reglas y clasificaciones, debemos aprender a escuchar. El estudiante necesita acercarse a la Palabra con reverencia, humildad, hambre y disposición a obedecer. No entra al texto para gobernarlo, sino para ser enseñado. No pregunta solamente cómo defender lo que ya cree, sino si lo que cree resiste el examen de las Escrituras.
Antes de aprender hermenéutica debemos preguntarnos:
- ¿Estoy dispuesto a que la Palabra corrija una creencia que he sostenido durante años?
- ¿Busco conocer a Dios o acumular argumentos?
- ¿Leo libros completos o vivo de frases aisladas?
- ¿Obedezco lo que ya comprendo?
- ¿Escucho con humildad cuando alguien me muestra algo que no había visto?
- ¿Distingo entre lo que dice la Biblia y lo que siempre me dijeron que dice?
- ¿Estoy dispuesto a volver al texto todas las veces que sean necesarias?
El mejor estudiante no es el que llega convencido de que ya sabe, sino el que ha aprendido a preguntar, observar, comprobar y ser corregido. La humildad no consiste en creer cualquier cosa; consiste en reconocer que nuestras conclusiones deben permanecer sometidas a la Palabra.
Antes de enseñarla
Santiago advirtió que no muchos debían hacerse maestros, sabiendo que recibirían mayor condenación (Santiago 3:1). Enseñar a interpretar las Escrituras es una responsabilidad enorme, porque no solamente transmitimos información: influimos en la manera en que otros escucharán, comprenderán y aplicarán la Palabra de Dios.
Antes de enseñar hermenéutica debemos preguntarnos:
- ¿Estoy enseñando las Escrituras o solamente mis conclusiones?
- ¿Puedo mostrar dentro del texto cómo llegué a lo que afirmo?
- ¿Hago comprensible lo difícil o hago difícil lo sencillo para parecer profundo?
- ¿Estoy formando estudiantes dependientes de mí o creyentes capaces de comprobar?
- ¿Permito que mi propia enseñanza sea examinada?
- ¿Corrijo con amor, paciencia y mansedumbre?
- ¿Mi enseñanza produce conocimiento de Dios, obediencia, amor, discernimiento y madurez?
- ¿Vivo aquello que estoy exigiendo a otros?
Esdras preparó su corazón para investigar la ley del Señor, cumplirla y después enseñar (Esdras 7:10). El orden importa: buscar, vivir y enseñar. Un maestro no necesita ser perfecto para servir, pero no puede tratar la obediencia como algo ajeno a su tarea. La vida no reemplaza la correcta interpretación, pero la enseñanza pierde credibilidad cuando el maestro exige una verdad que se niega a vivir.
No queremos creyentes que sepan pronunciar «hermenéutica» pero no sepan escuchar la Palabra; que identifiquen una metáfora pero no reconozcan su orgullo; que discutan sobre la interpretación y desobedezcan lo que han comprendido. Queremos hermanos que lean, comprendan, crean, vivan y enseñen las Escrituras; que crezcan en conocimiento, gracia, amor y discernimiento; y que utilicen cada herramienta no para elevarse sobre otros, sino para servirlos.
¿Debemos estudiar y conocer las reglas de interpretación? Claro que sí, pero no debe eso volvernos altaneros ni menospreciadores de aquellos que saben menos, más bien siempre llevar luz a otros con amor y humildad.
¿Debemos estudiar y conocer las reglas de interpretación? Claro que sí, pero no debe llevarnos a perder el blanco, ni causar confusión ni duda, sino todo lo contrario firmes y con una fe sólida en Dios y en Su Palabra, creciendo en el Señor siempre, para poder servirle como debemos, para poder ser libres del error y del engaño, para enseñar a otros y hablar de Él como debemos hablar y con toda convicción.